jueves, 3 de abril de 2014

Adaníes Díaz, treintaiún años después



Adaníes Díaz, treintaiún años después
   Por Juan Carlos Herrera
  En su corta carrera de vida musical, alcanzó a escribir una página importante en la historia del vallenato. Basta con escuchar su voz, su garganta pulida, para que en seguida nos venga a la memoria la imagen estelar de Adaníes Díaz. Fue un personaje carismático y risueño que tuvo buenos amigos, que organizó grandes parrandas abiertas a los curiosos, y su cariñosa amistad con Carlos Rojas mereció una canción. En cada toque de su conjunto sabía meterse el público al bolsillo antes que la plata, y con su aspiración y fortaleza espiritual al lado de Héctor Zuleta estaba abriéndose paso entre los más grandes. Las personas que saben lo suficiente de canto, reconocen que sin tanta fama lo alcanzó.
   La vida de este hombre comenzó en Lagunita, un diminuto corregimiento de Barrancas. Sus padres eran Luis Guillermo Díaz Ospino –primo del compositor de Hatonuevo, el ciego Leandro Díaz- y Herminia Brito Bolívar, los cuales lo criaron en medio de unos hermanos con quienes supo descubrir rápido ese mundo que giraba alrededor del campo. La mayor parte del tiempo la pasaba en Alto Pino, la finca de su padre. Es fácil imaginar cómo fueron esos primeros años del joven Adaníes Amador Díaz Brito, libre en medio de la naturaleza, ilusionado con la guitarra. Al igual que algunos contemporáneos suyos que se darían a conocer en el folclor, también comprendió que en medio de las montañas y el contorno silvestre, cerca de los potreros, se aprende a cantar mejor.
   Estudió parte de la primaria en Barrancas, pero se vino a temprana edad para Riohacha. Esta era una ciudad llena de historias, de bancos de perlas olvidadas en el mar, pero seguramente lo primero que notó era que se trataba de una comarca donde apenas se podía respirar ante la arena levantada por la brisa, cuando se bajó a donde una hermana mayor. En este lugar donde también estaría cerca de su sobrino el buen compositor Romualdo Brito, continuó con los estudios. Terminó el bachillerato en el Liceo Almirante Padilla.
   Adaníes Díaz fue maestro en el caserío de Las Casitas, algo que muy pocos seguidores saben. Luego estuvo trabajando en la zona de carretera, como ayudante de almacén. Es interesante recrear la atmósfera de cómo debieron ser sus primeros años de vida, algo difíciles, arduos en él, pasando el material para que los obreros avanzaran en el proyecto de asfalto.
    En esa época, ya se había dado a conocer en el canto, el cual junto con la guitarra se constituían en la única luz que iluminaba su vida. Al lado de su primo Darío Díaz, compartían parrandas, serenatas, tocaban en la caseta El Toro Sentao en las frías noches de carnaval, ubicada en la calle doce con carrera once.
   En una ocasión, Adaníes Díaz llegó a una oficina de la Administración de Impuestos. Llegaba buscando a Indalecio Bruzón López, jefe de auditoría, para cobrarle un toque que le había hecho. En esos momentos, tuvo el placer de conocer a quien sería la mujer de su vida: Claribel Ortiz. Era una hermosa muchacha, de piel trigueña y anchas caderas, que trabajaba como mecanógrafa en un rincón aparte. Su mirada miope resplandeció tanto al verla, que a Indalecio Bruzón no le quedó más alternativa que presentársela.
   No esperó mucho para visitarla en su casa, situada en la calle diecisiete. Ella se llenó de asombro al verlo aparecer en la terraza, porque no pensaba que aquel joven que vivía cerca de ella, fuera tan rápido con la galantería. Para él la vida había cambiando desde que la conoció, y ahora su esperanza no estaba en surgir con el canto sino en la conquista inmediata de esa pasión. Era feliz visitándola por las tardes, impresionándola con la dentadura perfecta al sonreír y con sus actitudes de artista en la guitarra. Un día en que se dio cuenta de que Claribel estaba sola en la casa, Adaníes Díaz tuvo una inspiración para derrotar el miedo. Se antojó de un vaso de agua fría, momento que aprovechó para seguir en silencio a la mujer que estaba desprevenida en la cocina abriendo la nevera, y darle el primer beso de amor.
   Fue un noviazgo corto, típico de la época. Adaníes Díaz quería matrimonio, y ella no tuvo más opción que darle el sí que los uniría hasta la muerte. La boda se celebró en la Catedral Nuestra Señora de los Remedios, el 22 de diciembre de 1973. Eran las siete de la noche, cuando apareció sonriente la novia dentro de la iglesia. El hombre que delante de los asistentes recibía en el altar a la mujer que sería su esposa, no era ése de tamaño corpulento y voz hercúlea que pasaría así a la historia musical, sino apenas un hombrecito flaquito que lucía anteojos y parecía un loquito de la felicidad por ser ya familia de su mujer.
   De otro lado, en el la parte musical Adaníes Díaz comenzaba a aspirar cada vez más: Numa Bateman sería una de las primeras personas en llevarlo a un estudio. En el año 1974 grabaron una canción, en homenaje a Santa Marta, donde sirvió como guacharaquero y corista, mientras Bateman tocaban el acordeón y cantaba a la vez, al mejor estilo de los antiguos juglares.
   Pocos años después, al lado de Darío Díaz grabó un nuevo sencillo, y en esta ocasión por primera vez Adaníes Díaz participó como solista principal.
   En la parte laboral, el muchacho cantante se ganaba la vida. Tenía un empleo en Salud Pública, lo que es hoy Desalud en la calle doce. Hay que recordar que también estuvo en Bogotá, haciendo un curso de seis meses en salud. Es bueno pensar cómo fueron aquellos meses de frío en la capital para el joven Adaníes, en medio de la sabana, rodeado de cachacos, algo que le sirvió para contagiarse un poco de aquella ciudad donde estaban los estudios de grabación y las principales casas disqueras, como la CBS donde grababa Poncho Zuleta. De regreso a Riohacha, estuvo en aquel trabajo por unos años y cantaba durante los fines de semana.
   Ender Alvarado era un muchacho nacido en La Punta. Con su acordeón, había pertenecido a un grupo conocido como Los Alegres Punteros, porque sus integrantes amateurs pertenecían a su mismo pueblo. Al conocerlo personalmente, Adaníes Díaz se convirtió en su gran amigo. De inmediato, se sumó al conjunto, dándole más fuerza con su alta voz. En varias ocasiones hicieron memorables parrandas, que duraban hasta el amanecer. En el conjunto, estaban Toby Murgas y Romualdo Brito como coristas, Rogelio Alvarado en la caja, y El Pali Gámez en la batería.
   La oportunidad de su vida, sucedió a mediados de los años setenta en una Fiesta del Dividivi. En aquel tiempo, esta se celebraba en el parque Almirante Padilla. El conocido periodista Lenín Bueno Suárez y Edgar Ferrucho Padilla, aprovecharon el evento para organizar un concurso de acordeón. Como jurado estaba nada más y nada menos que Ismael Rudas, un singular acordeonero de Santa Marta popular por haber hecho hermosas melodías al lado de Daniel Celedón. La competencia fue ganada por Ender Alvarado, que comenzaba a tocar como una centella con su impecable rugido. A la vez, Ismael Rudas sintió admiración por aquella garganta del otro mundo que lo acompañaba, como nunca se había escuchado en la desértica región de Francisco el Hombre.
   De esa manera, se llevó a cabo la unión de Ismael Rudas con Adaníes Díaz, introduciendo a éste al ámbito profesional con la empresa Codiscos de Medellín. Para Adaníes era lo más grande que le había pasado en la tierra después del nacimiento de su primera hija, la hermosa Joyce Galena. El primer larga duración se llamó De competencia, como avisando a los oriundos de San Juan del Cesar, La Junta, Villanueva, La Paz, Valledupar y Becerril, que alguien como él de Lagunita también se sumaba a la competencia. El segundo trabajo musical se llamó Violento, donde está la canción Borracho. Este tema pegajoso gustó de inmediato, y le tocó viajar a los pueblos cercanos en compañía de Ismael Rudas, satisfaciendo al público encantado de conocerlo. Según los expertos que oyeron bien su tercer disco titulado Como siempre, en esos días la voz de Adaníes Díaz se escuchaba por encima de uno de los mejores acordeones de la época.
   Las amistades comenzaron a lloverle, sobre todo la de los artistas famosos. Era posible ver en la terraza de su casa en la calle diecisiete, a cantantes de moda en el género vallenato como Jorge Oñate, Los Hermanos Zuleta y Rafael Orozco, que parecían unos habitantes más de la arenosa Riohacha en la bonanza marimbera. También se hacían presentes Toby Murgas y Ender Alvarado, el acordeonero puntero con quien a pesar de tocar cada quien por su propio lado fortalecía más la amistad. El mismo Diomedes Díaz aparecía de vez en cuando, porque además de la música los unía el vínculo sanguíneo por pertenecer ambos a los mismos Díaz de la Provincia. Este inteligente muchacho de La Junta, que desde que comenzó a cantar se bañó de fama, delante de Adaníes Díaz era un buen admirador. «Yo te tengo miedo a ti», le decía a menudo en juego. Entonces Adaníes Díaz, con una sencillez que superaba a su manejo de la vocalización, le respondía:
   -Hombre, primo, deje de pendejada.
   Se dice que antes de grabar su primer LP, Adaníes Díaz había puesto los ojos en un jovencito blanco y de cejas encontradas. Desde muchacho era gran admirador de Poncho Zuleta, considerándolo con el alma su principal maestro en el arte de cantar. Quizás por esa razón siguiendo el buen trabajo de Poncho y Emilianito, quería meterse en la dinastía Zuleta a través del hermano menor. Héctor Zuleta era un adolescente, que apenas descubría las mejores técnicas armoniosas, por lo que a Adaníes le tocó dejarlo crecer, con la misma paciencia que algunos hombres tienen con las novias a las que esperan ver florecer para llevar a cabo el matrimonio. Simultáneamente, tocaba entusiasmado con Ismael Rudas y seguía madurante como cantante de profunda voz.
   En el año de 1979, ya estaban unidos como una organización. Se cree que Poncho Zuleta no estaba de acuerdo en el momento de la grabación con la disquera Philips en Bogotá, porque todavía consideraba a Héctor Zuleta su hermanito. Pero éste ejecutaba muy bien el acordeón, como sólo saben hacerlo los genios. La historia le daría la razón a Héctor.
   Sensacionales fue el álbum que los llevó a la fama grande, que los introdujo en la sintonía de los artistas más escuchados. El tema Estrella fugaz, barrió con las demás melodías de los diferentes cantantes que estaban de moda. En todas partes eran requeridos para que tocaran El cobarde del pueblo y Mi tierra y mis canciones -dedicada especialmente a su bella esposa Claribel-, y nadie daba para acertar quién era mejor cantando o tocando el acordeón. En la mirada de Adaníes Díaz se observaba felicidad al haber inaugurado esas nuevas canciones, porque estaba seguro de que Héctor Zuleta era el músico que más sabía alcanzar con su velocidad del teclado la revolución sonora de su voz.
   El segundo álbum se llamó Pico y espuela, y resultó ser más para la gallera que para el baile de caseta. A parte de la canción que da nombre al disco, está el hermoso tema Problema tuyo, en cuyo coro Adaníes sube el volumen de su voz con la misma facilidad de un equipo de sonido moderno. El aviso es una canción clásica, bella y romántica, que pone en prueba clara que ya se estaba asomando en el panorama el verdadero monstruo del vallenato. Su nombre era Adaníes Díaz.
   En el año de 1982, ya tenían listo el trabajo que marcaría el boom de la pareja. Para los gustosos seguidores de estos dos nuevos talentos, el nombre del álbum Nuevamente los sensacionales no decía nada ni dejaba entrever siquiera el estupendo impacto que causaría uno de los temas. Marianita fue una canción que en seguida se apoderó de los oyentes, de los amantes de la música vallenata, batiendo récord en las distintas emisoras del país, siendo de la autoría de Juan Segundo Lagos. Es una letra de amor que comienza en una cantina, donde alguien lleno de desengaño cuenta la historia de una infiel mujer que al final ha sido culpable de que un hombre esté en el cementerio y otro en prisión. Las ondas hertzianas llegaron lo más lejos posible, hasta el interior del país y más allá de la frontera con Venezuela, gracias a la poderosa voz de Adaníes Díaz que supo interpretarla como nadie. La canción lo subió a la inmortalidad, convirtiéndose rápidamente en el himno de su carrera musical.
   Adaníes Díaz estaba despegando con más fuerza, y nadie podía frenar su fuerte ambición. El timbre explosivo que la naturaleza le había concedido, que con esfuerzo y trabajo constante había desarrollado, sonaba más duro que todos juntos. Era él la persona encargada de llevar el vallenato clásico hasta su mejor dimensión, con ese estilo admirable que había comenzado a poner en alerta los oídos de las personas que solamente se aferraban a El Binomio de Oro y a un muchacho llamado Diomedes. En el pentagrama musical –y no en el fanatismo provinciano que ciega la vista y ensordece los tímpanos-, ya quedaba registrado quién era el más grande de los cantantes vallenatos.
   Héctor Zuleta tocada cada vez mejor su instrumento, y otras estrellas comenzaron a encandilarlo. Se alcanzó a rumorar que el mismo Diomedes Díaz pretendía tenerlo atraerlo su lado, para contagiarse de su sabiduría musical que heredó magistralmente de El Viejo Mile. Adaníes Díaz, en vista de sus ratos de ausencia en Riohacha, tocaba en parrandas al lado de Alvarito López, otro joven acordeonero de respetado linaje. En unas partes alcanzaron a presentarse, causando admiración por estar con alguien que pertenecía a la excelente rama de los hermanos López. En ningún momento alcanzaron a grabar, y además en esos días sucedería algo inesperado que cambiaría el rumbo de esta dramática historia.
   La noticia de que Héctor Zuleta había muerto, entristeció el vallenato por unas semanas, y en todas partes sólo se escuchaba su acordeón gracias a la tecnología magnetofónica. En Valledupar, se sentía la honda tristeza por haber perdido al que los maestros especialistas consideraban el mejor de los Zuleta. Fue un funeral desplegado a lo grande, al que no pudo faltar su compañero de armas Adaníes Díaz. Estuvo presente en las honras fúnebres, lloró con desgarro, sintiendo el mismo vacío en el corazón que debieron sentir Emiliano Zuleta Baquero y la vieja Carmen Díaz. También estuvo al lado de Poncho y Emilianito Zuleta, que delante de la gente no dejaban de llorar. El entierro lo dejó muy triste, golpeado, seriamente acongojado: por primera vez una cuestión de peso exterior había acallado su voz.
   En Riohacha, la vida de Adaníes Díaz no parecía tener sentido. Sólo la compañía de su mujer y sus hijos Joyce Galena, Adaníes de Jesús, Joismar Galeana y Luis Guillermo, llenaban ese vacío. Cada vez que tenía oportunidad se acordaba en la charla del buen compañero que había sido Héctor Zuleta, de las veces que practicaron en la sala de su casa en el barrio Guapuna que dejaron anécdotas, de la falta que le hacía su fantástico acordeón para haber realizado ese cuarto trabajo musical con el que aspiraban dejar atrás a los más duros rivales. Nunca se imaginó ni pretendió que la única manera de volver a hacerle compañía a Héctor Zuleta, era encontrándose con él en el cielo.
   Ese 9 de febrero de 1983 en que llegó de la calle para decirle a su mujer que había que viajar al pueblo, no era para él. Tanta insistencia de su parte obligó a Claribel a acompañarlo, porque no había poder humano que lo aguantara. Se embarcaron en el carro con los hijos, rumbo a los lados del sur de La Guajira. En el camino, antes de salir del perímetro urbano, su mujer volvió a insistirle en que no viajaran. Según dijo, presentía algo oscuro en el pecho. Pero Adaníes Díaz, con una mirada brillante que no era la suya, insistió en que sí viajaban y siguió manejando en la carretera que lleva vía a Valledupar.
   Después de la diligencia que necesitaba hacer, entraron en la finca. En esta, se encontraron con su querida madre, Herminia Brito. La señora, como siempre, se puso feliz con los nietos. A tal extremo, que al ver que su hijo famoso regresaba a Riohacha, también quiso acompañarlos en el carro.
   Se marcharon entonces, como de rutina. Al pasar por Barrancas se detuvieron un rato en este pueblo, porque había un velorio en una de las casas. Después de saludar a una gente que lo reconoció, Adaníes volvió a arrancar en la camioneta. No tenía la menor idea de que también él se estaba despidiendo de la tierra que lo vio nacer.
   En el camino de regreso, nada hacía pensar que la aguja del reloj había entrado en la mala hora. Adaníes Díaz manejaba con normalidad aquella Ranger azul que había negociado con su amigo Gervasio Valdeblánquez, porque era conocido que era un gran conductor. Se veía algo resplandecido, esperanzado, queriendo terminar de grabar lo más pronto con Bolañito, el acordeonero que sería su nueva fórmula. De modo que viajaba contento en la carretera, teniendo al lado a su familia. Joismar Galeana, su bonita niña de cuatro años, venía detrás de él tomándolo por la espalda, como sucedía a ratos cada vez que Adaníes manejaba. Los demás pasajeros venían sentados, tranquilos, esperando llegar temprano a Riohacha, entre ellos el joven Adaníes de Jesús, que a los cinco años sería testigo de todo. Delante de la ventana delantera, de pronto esperaba una pila de asfalto. Nadie sabe qué aconteció, ni si Adaníes Díaz distinguió esa pila que se cruzaba en el paso o si con algo de agilidad en el manubrio trató de esquivarla. La camioneta dio varios votes a un lado del camino, apagando por siempre esa grandiosa voz y la llama de un amor familiar que era admiración de los demás ciudadanos.
   Su muerte conmocionó a todos, que en seguida corrieron al hospital Nuestra Señora de los Remedios. En la terraza de este lugar situado en Riohacha, no cabía la gente que estaba presente por la lamentable cuestión. En seguida se supo que no había nada que hacer al respecto, porque Adaníes Díaz estaba muerto. También se supo que una de las hijas estaba sin vida al igual que su abuela Herminia, mientras Claribel era llevada en estado crítico a Barranquilla. Varios amigos cercanos y los fanáticos tristes, al enterarse de que el cantante había llegado muerto al hospital, no tuvieron más consuelo que volver a sus casas y encender el tocadiscos antes de bañarse, cambiarse e ir al velorio, para sentirlo en espíritu vivo a través de su canto. Era imposible de creer, que hubiera terminado así el mejor amigo de los hombres que hubo en esos irrepetibles años.
   El funeral se llevó a cabo en la calle catorce, en una carrera al lado de donde está el colegio Enrique Lallemand. La cantidad de gente que estuvo presente, dejó en claro que la humanidad entera lloraba por la pérdida de un gran hombre que los riohacheros consideraban más riohachero que ellos mismos. Estuvieron en el velorio todos los cantantes de la música vallenata, para darle el último adiós. Era de esperarse, debido al gran aporte que le había dado el difunto a la música nuestra. Entre los parientes y presentes dolidos sin ánimos para respirar, se preguntaban qué había hecho Adaníes Díaz para mecerse algo así. El ataúd estaba en la sala, centro de toda la atención impresionante. A la hora de sacarlo a la calle, necesitó de muchas manos debido al peso descomunal de su cuerpo. Fue uno de los entierros más grandes en la historia de Riohacha.
   Los años han pasado, y su canto se sigue escuchando sin sufrir alteración. Las notas de Héctor Zuleta acompañándolo en la inolvidable melodía, sirven de consuelo para decir que Adaníes Díaz grabó al lado del acordeonero con más futuro del folclor. En Riohacha, sus canciones se resisten al paso del tiempo, no terminan de escucharse para nada. Incluso hoy en día, cuando está tan de moda la nueva ola de Peter Manjarrés, Silvestre Dangond, Luifer Cuello, Kaleth Morales y Felipe Peláez, suenan con frecuencia en la radio. Ojalá algún día su obra completa se pueda remasterizar, con nuevo sonido y una extraordinaria campaña de publicidad, y se le haga un lanzamiento a nivel nacional e internacional para que nuevamente se ponga de moda.
   Como ya se hecho con unos hombres que han pasado a la historia universal, el nombre de Adaníes Díaz se debería volver institucional en nuestra región. En Lagunita tendrían que hacerle una estatua en su honor a raíz de los veinticinco años de su muerte, para que las nuevas generaciones sepan quién fue el héroe de bronce. No debe olvidarse que se trató de uno de los más excelentes hombres que ha tenido Riohacha, el cual alguna vez tuvo un sueño de mil colores como tantos músicos anónimos en estas calles de arena. Desde aquí levantó su fama local, transformándose en un ejemplo de superación para la toda eternidad. Sería una buena idea hacerle un homenaje con algo que llevara su nombre, si se pudiera mejor ahí mismo donde fue velado: Escuela de Canto Adaníes Díaz. Entonces a través de los alumnos que lleguen, perduraría más su estilo.
  
  
   
  
  
  
  
  



Chema el Marinero

Por Juan Carlos Herrera  
   Al ir caminando por la playa, miraba el ancho mar que estaba ante él. Chemita Brito estaba sin camisa, con un mocho de jean, e iba descalzo, al igual que siempre, como alguien que pretende sentirse libre ante esa brisa fresca que parecía venir con fuerza desde el otro lado del continente. Eran tantas las olas furiosas por el mar de leva, que tuvo la sensación mística de que algo tenían que ver con su vida. Entonces miró en la arena cerca a sus pies una botella de vidrio que estaba vacía, sin tapa, como algo que tampoco tenía que ver con el azar, y sintió por esa razón que ahora sí podía ser alguien importante. Fue porque en esos momentos de soledad recordó las leyendas, mitos y cuentos fantásticos de la antigüedad oriental que decían que de allí salían los genios, quienes por el agradecimiento de haberlos sacado de un encierro de doscientos o mil años cumplían al instante los deseos de las primeras personas que las destapaban.
   -Quiero la mujer más bella del mundo –dijo entonces él.
   Era un hombre moreno, joven y pobre, que estaba desempleado. Esa tarde estaba en ese lugar para ver si encontraba una oportunidad como pescador artesanal, no tenía siquiera con qué comer, y lo único que poseía para conquistar una bella mujer no era el dinero sino quizás la atracción de sus músculos de esclavo. Pero tan pronto como pronunció esas mágicas palabras, fue como si su vida hubiera comenzado a cambiar rápidamente. Al pasar después cerca al puerto de la ciudad, se dio cuenta de que un pequeño barco se marchaba. No le prestó atención, al igual que cada atardecer que caminaba por ese desolado sector  de la zona portuaria, de no haber sido porque uno de los marinos que lo conocían le gritó en el pavimento, para comunicarle urgente que en vista de que faltaba un tripulante que estaba enfermo, él podía acompañarlos en un viaje que iban a hacer a Haití transportando café, algo que Chemita Brito nunca soñó pero que le sonó tan romántico, que ni siquiera fue al barrio donde vivía su madre y hermanos para darles la noticia, sino que se embarcó velozmente en la nave de hierro para que no se fuera sin él. Estar en un barco de ese tamaño, con un uniforme azul, al lado de varios marinos cantando la misma canción de perpetuo soñador que había ayudado a hacer mejor la historia de la humanidad, era para él algo tan extraordinario que le dio temor que todo fuera una simple ilusión. Se acomodó como pudo, viendo los contenedores acomodados ordenadamente, muy tranquilo en serio con lo que iba a vivir, porque le dijeron que no se preocupara por el pasaporte. De manera que pasó toda la tarde dentro de la embarcación, cuando ésta se marchó lento alejándose del puerto, pensando en el cambio tan importante que estaba teniendo su vida. Era algo bastante diferente, ver toda la estructura interna de un navío de despacho internacional donde no había estado nunca, pero más tarde cuando se asomó por la popa y vio que nada quedaba en el panorama marítimo de Cartagena, despertó del sueño encantador.
   Fueron unos días buenos en el barco, sirviendo de mucho, lavando los pisos, ayudando en la cocina, probando las mejores comidas que conoció gracias a la amistad del chef, y aprendiendo varias cosas adentro hasta concluir que ser marino era mejor que un vago en la calle. Alguna vez pensó que estar en el alta mar le daría mucho miedo, por las historias de naufragio que escuchaba sobre barcos que se hundían con fabulosos tesoros a la profundidad oscura del agua, pero entonces estaba muy a gusto viendo el mar Caribe a su alrededor, sintiendo la brisa pura, la corriente del aire, así que la idea de que alguna vez ese viaje iba a terminar lo llevó a pensar que de ahora en adelante sólo sería marinero. La tarde en que arribaron al viejo puerto de Puerto Príncipe estaba tan acostumbrado a la soledad del mar, que el olor de la ciudad le pareció contaminante. Al igual que muchos tripulantes, ayudó a desembarcar el café. Sin embargo, cuando terminaron el arduo trabajo y creyó que ya se iban de regreso, alguien que iba saliendo le dijo que apenas comenzaba la diversión.
   Era un cabaret, donde el volumen de la música tropical estaba alto y las mujeres tenían una sonrisa de recepción sincera, en el que por primera vez llegó a creer en el amor. Sus amigos le dijeron que se sentara con ellos en una mesa, y Chemita Brito no dudó, viendo a muchas mujeres de caderas voluptuosas que pasaban cerca suyo y lo invitaban a la cama con la sola visión. Sintió miedo por un escenario como aquel, pero cuando dos de sus amigos se metieron en los cuartos con unas mujeres tan buenas de cuerpo que hasta las sonrisas les sobraban, sintió ganas de hacer lo mismo. Una mujer negra, de nalgas demasiado mundanas, se acercó a él y le preguntó si quería un poco de ella. Chemita Brito respondió que sí, se levantó sin pensarlo mucho y caminaron a un cuarto. Cuando estaban dentro de las cuatro paredes que estaban sucias, y ante la cama con sábanas bien tendidas que alguien había organizado con antelación, pudo conocer a una mujer de cuerpo exagerado con más ganas de fumar marihuana que de hacer el amor, pero que cuando vio claramente que Chemita Brito estaba desnudo y tenía también su principal atributo apuntándola con munición, sintió todo lo contrario. La forma como se entregó fue monumental, sincera a pesar de su condición de vagabunda, porque al darse cuenta de que era su primera vez se había enamorado profundamente de él. Era buena en su especie para moverse, como un sismo imparable, mientras Chemita Brito recordaba a la gente de su tierra que decía que esas fantasías sexuales sólo sucedían al otro lado del mar.
   En realidad, le gustó mucho la estupenda experiencia. Durante varios días estuvieron en ese lugar de Puerto Príncipe, conociendo bien el puerto olvidado, los otros barcos parados cuyos tripulantes también buscaban el fácil amor, enamorado del olor putrefacto que contaminaba, de la música alegre de los negros, del vuelo de los goleros que no descansaban en los techos del mercado, y se acostumbró tanto a los bares que cuando no dormía con nadie sentía que no le había cumplido a la tarde. Se acostó con muchas mujeres de caderas anchas, de ritmo imparable como si siempre escucharan música, y todas sabían hacer muy bien el amor a pesar de que lo último que sentían hacia la miserable vida era eso. Para Chemita Brito era lo mejor que había conocido en toda su existencia de hombre desafortunado, y no hallaba dónde ponerse para seguir quedando bien. Entonces aprendió que no era el mar sino los maravillosos prostíbulos de ensueños, lo mejor de ser marinero.
   Lo mejor de la aventura, es que aquel barco no regresó a Cartagena de Indias sino que estuvo recorriendo muchos otros puertos del mar Caribe llevando cacao y cargas de plátano verde, dentro de un ámbito que le era familiar porque atracaba bien en los muelles. Era grande, fuerte, de hierro, sin aparente destino de hundimiento, y a bordo de él Chemita Brito tuvo la sensación de estar viviendo un pedazo de la vida que nunca pensó vivir, como si haberse acercado al alma del mar le hubiera permitido nacer de nuevo en un mundo donde la gente lo trataba mejor. Se hizo experto en todo, ayudando a los demás tripulantes, y de soldador aprendiz soñó con ser algún día contramaestre. Eso le permitiría mejores cosas, estar cerca del timón del capitán, dirigiendo casi el destino de una pujante embarcación,  para seguir creciendo y hacerse un fuerte hombre de mar. Una noche, mientras todos los marinos estaban en silencio, él estaba sentado en un rincón mirando las estrellas. Allí estaba fijamente Orión, siguiéndolo a él mientras el propio barco se orientaba según la dirección de la más conocida constelación. Más allá destacaba la Osa Mayor, con su forma de carro, después la estrella Polar, y él tuvo la impresión de que algo importante lo esperaba esa noche, porque era extraordinario aquello que estaba viviendo. En realidad, sentía en el interior que faltaba mucho para que su verdadero sueño de amor se hiciera realidad.
   En esa ocasión el barco atracó en el puerto de Santo Domingo, y desde el primer momento la alegría de los marinos era tan manifiesta que Chemita Brito no tuvo dudas de que se dirigían nuevamente a un burdel. En realidad, era lo más normal en ellos, sentirse bien cuando estaban en el mejor lugar de la vida real, con la única diferencia de que en esta ocasión se dirigían en grupo a un prostíbulo colorido que tenía mucha bulla en las Antillas, por tener unas increíbles mujeres sensuales de todos los tamaños, de todos los colores, con todas las formas agraciadas para atraer el amor, llenas de carnes tan perfectas que parecía mentira que tanta belleza de las calles hubiera terminado concentrada en un bar. En esta ocasión, Chemita Brito no tuvo tanta pena como la primera vez, y entró con los primeros. Desde el primer momento en que se sentó a la mesa, pidió una cerveza fría. En efecto, la apariencia carnal de aquellas mujeres era más viva que en otras partes del Caribe, y algunas eran tan bruscamente nalgonas, que daban la impresión de que la ropa apretada que se ponían no era para cubrir sino más bien para mostrar. Una negra que pasó cerca con un vestido beis tenía abundante culo, como verdaderamente parado por sentir espontanea pasión al pasar cerca de la juventud de él. Era la más bella que había visto en su vida, la más protuberante que había conocido, porque de la cintura para abajo todo el elemento masculino se rendía a sus pies. Al darse cuenta de que la miraba más que los otros marinos, bastó para que ella llegara directo hasta él. Ni siquiera se sentó a su lado, sino que le tocó el pecho, lo tomó de la mano y lo invitó en seguida para el cuarto.
   -Te aseguro que la vas a pasar muy bien –le dijo.
   Chemita Brito estaba muy nervioso, porque tenía la seguridad de que una mujer tan culona podía hacer más con él lo que le provocara que lo que podía hacer él con ella. Se levantó por su orgullo de hombre, completamente temeroso de que nunca pudiera llegar a un cuarto, y se abrió paso entre la gente, que bailaba los mejores merengues con ritmo afrodisíaco del Caribe, con bastante alegría en un ambiente erótico, sin soltar la mano de aquella mujer cuyas curvas ejercían una atracción irresistible que él quería seguir hasta el fin del mundo. Chemita Brito creyó esta vez más en el amor, y se dejó llevar al único lugar del cosmos donde en esos momentos tenía sentido existir. Desde que entraron al cuarto, cerró bien la puerta para asegurarse de que su cuerpo sensual sólo era para él. «Siempre soñé con un trasero como éste», pensó. Ella comenzó a quitarse la ropa con la misma facilidad con que lo había conocido, y dejó ver entonces un espectáculo exorbitante con sus nalgas inmensas que en apariencia engordaban al quedar desnudas, y que con el sólo hecho de mirarlas dejaban una satisfacción anticipada como si ya eso hubiera sido suficiente para el mismo amor. Era tanto el deseo que él sentía por poseerla, que cuando ella lo quiso desabrochar abajo para enternecerlo primero como era costumbre con un cliente, él se precipitó a su trasero grandioso, increíblemente voluptuoso, sintiendo que como mujer nada tenía mejor que eso, y lo saboreó en las mil delicias del pecado hasta que tuvo la seguridad de que sólo por disfrutar ese buen momento había valido la pena nacer en la vida. Fue un suceso único, aunque ella también quería que él la lamiera por delante para que después le pagara después bien su precio. La tuvo en todas las posturas de la imaginación, siendo obediente a las posiciones, como una verdadera esclava del amor, mordió sus senos redondos, con gran pasión, con hambre de salvaje, la tuvo boca arriba llena de ilusión, y al fluir dentro de ella tuvo la sensación de que estaba viajando a través del espacio. En verdad, nunca había conocido una mujer en la cama que tuviera tantos atributos a la vez. Lo que había vivido era magnífico, por lo que quiso quedarse con ella para toda la vida.
   Fue una experiencia esplendorosa, porque a partir de entonces la personalidad de Chemita Brito sería diferente. Se sintió muy feliz con esa vivencia, de modo que cuando regresó ante sus compañeros nadie lo reconoció porque estaba más flaco y parecía tener menos años. Esa noche en la recamara del barco estaba tan contento, recordando la escena con tal claridad, visualizando cada detalle íntimo en la memoria, que se preguntó cómo no se quedó esa noche viviendo en aquel bar donde había quedado para siempre su espíritu inocente. El mar, el que lo había seducido tanto, le pareció entonces lo más aburrido del mundo. Durante el viaje siguiente, siempre pensaba en las cualidades sobrenaturales de la negra grande, que a partir de entonces lo estaría esperando por el dinero de más que él le entregó.
   En otra ocasión por la noche, ocurrió algo distinto. Cuando estaba en la recamara, leyendo un pasaje de la Biblia para que pasara el tiempo, el resto de sus compañeros entró en estado de júbilo. Le pareció extraño en alta mar, porque en el largo tiempo que había estado conviviendo con ellos, escuchando sus historias particulares y reconociéndolos más por sus personalidades que por sus nombres, había aprendido que la vida de los marineros sólo comienza a ser feliz cuando están en las luces multicolores de los burdeles. Alguien que venía pasando por su puerta, le dijo exaltado:
   -Es una sirena.
   Sus compañeros estaban en estribor, sintiendo el canto de una posible sirena que los encantaba desde la oscuridad. Estaban reunidos, como en una congregación religiosa, entusiasmados de verdad, queriendo ver su hermosura en toda la dimensión fosforescente como si eso fuera suficiente para decidir tirarse al mar. Chemita Brito fue el único que no la sintió, porque el recuerdo del cuerpo desnudo de aquella prostituta con caderas protuberantes estaba tan vivo en sí, que el amor le entraba más en esos momentos por la parte subconsciente que por los oídos. Le pareció que además era de mal agüero escuchar la música de una sirena, cuando una negra culona lo estaba esperando seguramente en el bar más encantador del mundo antillano. En realidad, estaba desesperado por verla nuevamente para poder sentir su olor a culo.
   Cuando entraron al burdel, algunos de sus compañeros estaban aún seducidos por la historia de la sirena, de modo que ver muchas mujeres de dos piernas en movimiento fue igual de rutinario que sentir el agua salada del mar. Él, por su parte, siguió de largo buscando su mesa, donde estaba seguro de que tenía que pasar la hermosa negra de nalgas abultadas. Apenas estaba se estaba sentado, cuando la vio al fondo de la cantina, de espalda a sí, fiel a su trabajo. Sus nalgas eran tan redondas y voluminosas, más equipadas de lo que pensaba, que Chemita Brito se alegró de no recordarla bien cómo era ella de verdad en su soledad de marinero, porque eso demostraba una vez más que la vida del hombre era mejor si estaba viviéndola que imaginándola. Entonces sintió que nadie en el mar, la tierra o el cielo podía ser más feliz que él, y se preparó para amarla con toda su pasión de amante profundamente enamorado. Cuando apenas se levantaba para ir donde ella, que no lo había visto llegar como a los demás marineros, alguien de repente apareció en la escena detrás de la puta, y le tocó las nalgas de burbuja. La negra volteó, vio al hombre aparecido y se llenó de sonrisa, como si hubiera reconocido a un viejo cliente. El hombre la tomó entonces de las caderas, la movió de su puesto y la llevó en seguida por el largo corredor, rumbo a una noche de loca pasión cuya atmósfera envidiable se podía sentir más allá del alcance de los cinco sentidos.
   Chemita Brito, triste con lo que vio, salió en seguida del lugar y caminó por la playa. Sentado en la arena, esperó que amaneciera en el horizonte, sin desespero, sintiendo el celo que le había provocado que alguien hubiera tocado las nalgas de una puta que él había imaginado tantas veces, que ya le parecían suyas. Era injusto, se maldecía, convencido de que ella sólo podía ser de él en el placer de la cama porque era el hombre que más la pensaba en la vida. En esto estaba abstraído, cuando algo lo interrumpió. La presencia de una mujer blanca, de senos abultados, cintura estrecha y grandes caderas, le pareció un consuelo indescriptible que lo rescató del inmenso guayabo.
   No podía creer lo que estaba viendo. La mujer que estaba cerca a él era tan bella, que si las personas que estaban por ahí no la hubieran visto nadie después le hubiera creído el fantástico relato. Le pareció raro que ella lo estuviera mirando, de forma intensa, como tratando de rescatarlo de su pena, y llegó a la conclusión de que era una puta más. De todas maneras, estaba maravillado con la majestuosa visión que se le presentaba, hasta llegar a parecerle que la Belleza sólo había cambiado de cara, forma de cuerpo y color trigueño de piel, para que él siguiera enamorado eternamente de ella. La mujer le preguntó qué estaba haciendo, y él le respondió que estaba ahí, esperando que se fuera el barco que dentro de poco iba a quitar amarras. Ella le dijo que le parecía mentira que alguien como él estuviera allí, mientras todos sus compañeros estaban bebiendo ron blanco en los bares.
   -Nunca más entraré en un bar.
   -No puede ser -dijo entusiasmado ella-. Con un hombre como tú me gustaría vivir.
   Era cierto lo que dijo, por lo que Chemita Brito, sintiendo buena confianza, tuvo la intención de tocarla con seducción maestra en sus partes más íntimas, pero ella misma no lo dejó. Al igual que cuando se trata a un borracho, le dijo con paciencia que lo mejor era que se fuera, se bañara y repusiera, porque la próxima vez en que se vieran iban a hablar mejor. Era tan agraciada al hablar, que él también tuvo la creencia que por haber huido de la sirena en el mar, la vida lo estaba encantando de todas formas con una mujer de caderas anchas en tierra firme. Era en verdad lo que más miraba de ella, sus anchas caderas que tenían algo de maternal. Sus amigos llegaron a buscarlo porque se dieron cuenta de que estaba despechado por el amor, y se lo llevaron al puerto. Chemita Brito aceptó, resignado, pero nuevamente enamorado, por lo que antes miró por última vez a esta criatura que tenía todas las cualidades para ser la mujer más hermosa que había visto en la vida.
   En los días siguientes, la pensaba tanto que no pudo saber cómo se embarcó en el barco sin antes hacerle el amor, como a las demás mujeres corpulentas que últimamente estaban apareciendo en su vida. Entonces creyó que así fue mejor, porque de haberse acostado fácilmente con ella de seguro se hubiera quedado a vivir para siempre en República Dominicana, escuchando merengue, bachata romántica, todos los ritmos felices que se crearon en ese ámbito antillano para hacer mejor el amor. Mientras navegaba por el mismo mar, y su compañeros hablaban de sus hazañas con las putas morenas, Chemita Brito prefería conservar sólo su recuerdo, porque estaba tan hondamente enamorado de ella que le daba celo que alguien pudiera ver en la mente lo mismo con él. En su cabeza, no había otra imagen que la de regresar algún día, estar en ese mismo lugar lunático, para buscar a esa mujer de caderas gruesas cuyo nombre era lo único que le faltaba saber para que fuera perfecta. Por eso estaba completamente convencido de que la próxima vez en que se vieran, dejaría para siempre aquel barco y se quedaría viviendo en tierra.
   La tarde en que regresaron al puerto de Santo Domingo, en seguida entró al burdel que estaba cerca, buscándola con ansiedad. Cuando en un principio le dijeron que no la conocían, no se preocupó. Siendo un hombre entusiasmado por ese nuevo mundo que comenzaba a conocer, entró en otro bar donde también estaba la fiesta. Nadie le dio la menor pista de la muchacha, y cuando entró en otro y luego en otros más, y tampoco la veía, tuvo la certidumbre de que sólo había sido una aparición la que había tenido. Cuando uno de sus compañeros le confirmó que en efecto lo había visto hablando con una mujer a orillas de la playa, respiró tranquilo y se fumó con placer un tabaco dominicano. En muchos burdeles siguió preguntando por ella, dio la mejor descripción que podía ocurrírsele porque aún tenía el fantasma fresco en su mente, y aunque vio otras putas blancas de caderas bastante crecidas, nadie asemejaba siquiera la misma pasión. La idea de que se hubiera ido de la ciudad, en busca de un lugar mejor, lo hizo marcharse tranquilo en el barco.
   En muchos lugares de La Española donde se suponía que debían de estar las putas, tuvo esperanzas de encontrarla muy pronto. Pero no halló pistas de ella, ni de nadie que pudiera conocerla, por mucho camino ajeno que recorrió en el espacio idílico y lleno de música estridente de los prostíbulos. No sabía su nombre, pero bastaba describirla con la fábula con que él lo hacía para que nadie le diera una sola señal de su existencia, por lo que poco a poco fue perdiendo la razón, entró en un estado de locura, lloró con lágrimas vivas, creyendo que mientras él la buscaba en todas las partes del mundo oscuro, tomando mucho ron y escuchando los boleros de Daniel Santos para resistir la pena, ella debía estar encerrada en un cuarto con un hombre haciendo feliz el amor. Fue tanta su locura, que en el primer bar que encontró luego de una nueva borrachera, abrió las puertas de todos los cuartos, como una bestia rugiendo, y sorprendió a muchas negras en pleno oficio que en vez de espantarse con su presencia interruptora, lo invitaron a ser también protagonista del amor. Chemita Brito era un tipo perdido, porque ni él ni ellas tenían tanto amor para dar.
   Desde entonces, fue conocido como aquel marinero legendario seducido por el recuerdo de una puta perdida que buscó en muchos lugares desconocidos del mar Caribe, sin poder encontrarla a pesar del poderoso imán de su corazón. Fue a tantos bares despreciando a las putas, sin acostarse con nadie, que muchas personas llegaron a creer que era un marinero marica. No le importaba saber eso, prefería estar apartado en la mesa oyendo mucho mambo, algo de cha-cha-cha para rescatar su vieja alegría, porque su única idea era encontrar a esa extraordinaria mujer que en la playa lo había hecho creer en el amor a primera vista. Se metió en muchos lugares, fumó toda la hierba de Jamaica que pudo, entró en éxtasis estelar, se comportó como un loco perdido y en más de una ocasión el barco de siempre lo dejó olvidado. Si continuó como marinero de profesión, era porque sólo en un barco de hierro abriéndose paso en el mar de las Antillas Mayores, podía encontrar a esa hermosa mujer que lo había enamorado. Desde entonces, fue comenzado a ser conocido como Chema el Marinero, un personaje único, extrovertido, carismático, el preferido de las bandidas, bailador de profesión y amigo de todo el mundo, que en todo puerto donde había bar dejaba un mejor recuerdo que el mar. Frecuentó los bares más que antes, y para olvidarse de la mujer de caderas blancas, se acostaba con las despampanantes mujeres más negras. Algunas quedaron tan enamoradas, que cuando llegaba su barco al puerto, no se dejaban tocar de otro hombre para que fuera él quien las llevara al cuarto donde quedarían marcadas por su hierro candente. Chema el Marinero aceptaba engreído, sintiendo cómo su reputación de amante complaciente cobraba tanta fuerza como su aura de hombre de mar.
   En una espantosa noche de huracanes, sucedió lo inevitable. Chema el Marinero, al igual que otros tripulantes, sintió desde el principio de la llovizna y la brisa intempestiva que aquel barco en el que estaban no iba a resistir la furia de un mar que habían conocido tanto como para saber que en esa ocasión no era el mismo que los iba a llevar de seguro a un buen destino. Al parecer, el mar era tan inestable y las olas tan peligrosas, que la posibilidad de ser volteado era latente. Se lo comunicó a un compañero, pero ni él ni nadie le prestaron atención. Todos corrían de un lado a otro, miedosos, desesperados, llorando de los nervios, esperando un verdadero milagro del cielo, buscando la manera de salvar la mítica embarcación. Cuando ésta todavía estaba en pie, balanceándose de un lado al otro, sin más remedio, él sintió el instinto de echarse al agua y nadar hasta que la fuerza descomunal lo ayudara, antes de hundirse con un barco que definitivamente había llegado al límite. Entonces se tiró sin temor a lo desconocido que le esperaba, antes de que fuera demasiado tarde. El barco se perdió de la vista poco después detrás suyo, hasta que finalmente se sumergió entero, y sólo él y Dios supo cómo sobrevivió a muchas olas en la madrugada, al cansancio de sus brazos, a la horrible pesadilla, y llegó al día siguiente a una orilla desierta donde también esperaba que iba a encontrar a la blanca mujer de caderas grandiosas.
   Su fama de hombre de mar aumentó con eso, y en cualquier bar donde llegaba todas las putas querían acostarse con Chema el Marinero, el único sobreviviente de un barco que se hundió en un lugar del mar Caribe que todavía nadie se acuerda dónde. Se hizo más conocido entre las prostitutas, y se acostó con todas las más deseadas por la humanidad, creyendo que ese renombre de amante complaciente iba a atraer la atención de la blanca mujer de las nalgas englobadas para que quisiera saber quién era él. Se hizo muchos tatuajes en el cuerpo, en especial uno de la Virgen de Guadalupe, creyendo que era la santa venerada que lo había salvado, y cogió inmensa popularidad como hombre de fuerza y gran luchador en cualquier taberna. Algunas putas quedaban tan encantadas con su forma de amar, que se ponían a suspirar cuando se acordaban que perdieron tanto tiempo en la vida para sentir el amor original, al igual que entristecían rápidamente al verlo encerrado con otras mujeres dichosas en el mismo recinto. Incluso, algunas quedaron tan decepcionadas con su indiferencia de amante y el celo que les provocaba eso, que se retiraron para siempre de los burdeles. Simultáneamente, él sentía que sólo sería el hombre más feliz del universo cuando apareciera aquella misteriosa mujer en su vida, que a lo mejor era que estaba huyendo de sí para ver hasta dónde llegaba su ímpetu de portentoso enamorado. En todos los establecimientos donde podía estar la buscó, sin cansancio, sin perder las esperanzas, y en casi todos se acostó con las mujeres más caderonas para ver cuál tenía la capacidad sexual de hacerlo olvidar de ella.
   En La Habana, fue a un lugar que nunca se le había ocurrido antes. En la parte vieja de la ciudad, donde abundaban balcones y la pobreza en las calles formaba parte del paisaje turístico, se dirigió a un cuarto de santería donde una vieja negra de canas, descendiente de africanos, que aún en su época de crepúsculo había tenido el mejor cuerpo del Malecón, y que ahora sabía más del amor que cualquiera a través de la herencia yoruba. Cuando vio todos los objetos de rituales para la buena suerte, Chemita Brito sintió más confianza que antes. Desde el primer momento que estuvo frente a su santuario, contó lo que había sentido desde que conoció a esa mujer en la playa, de todos los recónditos lugares del mar que había recorrido para encontrarla, del falso amor que había sentido con otras mujeres desnudas para olvidarse de ella, y que sólo el día en que la pudiera ver sería un hombre feliz. Según le dijo, soñaba acostarse al menos una vez en la vida con esa blanca mujer de caderas acrecentadas para poder estar tranquilo. La señora lo quedó mirando con superstición, pareciéndole que aquel negro estaba en realidad poseído por la peor enfermedad del corazón, por lo que le pidió la mano para leérsela, y al final le dio una buena respuesta. «Nunca más vuelvas a un bar», le dijo por consejo. Chema el Marinero no entendió las sabias palabras de la bruja, pero pensó que ella al final tenía razón.
   De manera que en la siguiente oportunidad que regresó en un barco al mismo puerto de Santo Domingo, no se metió en el bar. Sentía que hacerle caso a las palabras de esa clarividente, era ir en la misma corriente de un buen destino. Se sentó en la playa, como en aquella ocasión, pensando que de pronto proveniente del pasado iba a aparecer esa mujer de caderas enormes preguntándole que hacía allí. Las olas llegaban sucesivamente a él, sin traerle nada nuevo. Nadie pasó por allí en un rato, a diferencia de un muchacho que caminaba despacio por la playa, viendo como si fuera un extraterrestre a ese negro marinero, como hacían siempre los niños con los musculosos y míticos hombres que se bajaban de los barcos a descansar. Chema el Marinero vio el interés del niño, y aprovechando eso se le ocurrió preguntarle por una blanca mujer de caderas enormes, que alguna vez en la mañana caminó por allí.
   -Viene más tarde.
   -¿Quién? –preguntó Chema el Marinero, asombrado.
   -La blanca mujer de caderas enormes –dijo el muchacho-. Todas las tardes viene a recoger el pescado fresco, que traen en las canoas.
   En su vida, a Chema el Marinero no se le había ocurrido eso. Después de buscarla por los puertos del Caribe, de haber estado en todos los bares, escuchado los mejores merengues, bailado desnudo en una pista para complacer a los demás espectadores, haciendo el amor con las mujeres más negras para perder por siempre el encanto de las blancas, fumando marihuana para cambiar su naturaleza, queriendo incluso morirse para olvidarse al fin de ella, sólo hasta ahora era consciente de que esa mujer podía ser alguien de vida normal. En realidad, la blanca mujer que vio en la playa era una más de la ciudad. Entonces le preguntó al muchacho por el paradero de ella, y éste le respondió que todavía estaba en el mercado vendiendo pescado.
   Se levantó corriendo, y se dirigió rápido al mercado público de Santo Domingo. Entonces en el lugar cercano al puesto de verduras, vio en una de las mesas a una mujer que no vendía su carne sino la de los pescados. Al verlo llegar ella en seguida lo reconoció, sonriente, complacida, como recriminándolo en juego por todo el tiempo que se había demorado para aparecer nuevamente en su vida, desde que él le dijo que era el único marino bohemio que no entraba en los bares. Al verlo, se dio cuenta de que la realidad era diferente, por sus músculos y tatuajes subliminales que lo hacían parecer pariente cercano del Diablo, pero desde entonces había pensando tanto en él que lo vio con la misma familiaridad con que veía a la gente que le compraba mojarra. Chema el Marinero se acercó a ella, delante de la multitud que la rodeaba, y la abrazó de una forma natural que nadie tuvo dudas de que fuera su marido. En realidad, era como si desde siempre ella también lo hubiera estado esperando por el amor transparente que en ese instante sintió. Le respondió fácilmente, besándolo cuando él la besó, muy alegre y feliz, como dándole a entender que sólo a su lado podía ir a cualquier lugar del hemisferio.
   Cuando estuvo seguro de que ella lo acompañaría, se la llevó días después a Cartagena donde estaba esperanzado en vivir como simple pescador para no alejarse más nunca de la tierra. A bordo del barco no la tocó siquiera, porque ella estaba tan admirada con las historias fantásticas e inverosímiles que él le contaba sobre la manera persistente como la buscó en algunos lugares oscuros del mar Caribe, que eso fue más interesante que hacer el amor. En realidad, entre ellos había mucho ardor por compartir durante la larga vida que les quedaba. Al llegar al puerto de Cartagena de Indias, donde abundaban los navíos y los montacargas se movían de un lado a otro, Chema el Marinero la miró como siempre, sonriente, completamente enamorado de ella. Sólo que más tarde en la ciudad, cuando vio la playa, las olas encrespadas que llegaban a la orilla como si sí tuvieran que ver algo con su vida, recordó que era la primera vez que volvía a su tierra desde que se había marchado en un barco. Sin poder creerlo, algo grande en su alma sucedió, se hizo la luz, tuvo un instante de revelación, porque sólo a partir de entonces se dio cuenta de que la dominicana que estaba con él era la mujer más bella del mundo. Fue una emoción tan extraña, fugaz e incomprensible, que incluso le pareció que todo ese tiempo que había pasado desde que le pidió el deseo al Universo sólo había transcurrido hacía poco.

   La primera casa sola que encontró en el barrio de siempre, fue suficiente para que Chema el Marinero descansara por completo como si hubiera regresado de un solo y largo viaje. Desde que estuvo con Ana bajo techo, se sintió más seguro y feliz estando en tierra firme que en el destino incierto del mar. Con más familiaridad le habló sobre su vida, lo que le había motivado a adentrarse sin experiencia en el mar, a bordo de un barco que lo montó, diciéndole además que ella era la mujer que siempre había querido, y que la naturaleza enigmática inexplicablemente le había dado después de haberla deseado sin conocerla. En el cuarto, donde estuvieron solos, la hizo quitarse la ropa con delicadeza, elegancia y soltura, y por primera vez vio una hermosa desnudez que había imaginado tantas veces sirviendo con amor para él, que en esos momentos cuando le tocaba las grandes caderas con ardiente desespero ella se dejaba muy tranquila como si también se acordara de eso. Se precipitó en seguida a acariciarle las sabrosas nalgas, sabiendo que eran sólo suyas, las únicas gigantes que no iba a compartir con nadie, se acostaron con grandeza en la cama, sin echarse las sábanas, sin aguantar más, introduciéndose dentro de su carne en un acto sagrado, y perdieron por completo los sentidos en una pasión que producía lava volcánica. Era el amor que más provocaba ver, el que siempre quiso tener, siendo como la delicia de la leche de cabra, como el mismo pastel, y todo el placer estiraba la luna de miel, mientras él sentía que los sueños con tenerlos en una sola ocasión se pueden hacer realidad.