jueves, 3 de abril de 2014



Chema el Marinero

Por Juan Carlos Herrera  
   Al ir caminando por la playa, miraba el ancho mar que estaba ante él. Chemita Brito estaba sin camisa, con un mocho de jean, e iba descalzo, al igual que siempre, como alguien que pretende sentirse libre ante esa brisa fresca que parecía venir con fuerza desde el otro lado del continente. Eran tantas las olas furiosas por el mar de leva, que tuvo la sensación mística de que algo tenían que ver con su vida. Entonces miró en la arena cerca a sus pies una botella de vidrio que estaba vacía, sin tapa, como algo que tampoco tenía que ver con el azar, y sintió por esa razón que ahora sí podía ser alguien importante. Fue porque en esos momentos de soledad recordó las leyendas, mitos y cuentos fantásticos de la antigüedad oriental que decían que de allí salían los genios, quienes por el agradecimiento de haberlos sacado de un encierro de doscientos o mil años cumplían al instante los deseos de las primeras personas que las destapaban.
   -Quiero la mujer más bella del mundo –dijo entonces él.
   Era un hombre moreno, joven y pobre, que estaba desempleado. Esa tarde estaba en ese lugar para ver si encontraba una oportunidad como pescador artesanal, no tenía siquiera con qué comer, y lo único que poseía para conquistar una bella mujer no era el dinero sino quizás la atracción de sus músculos de esclavo. Pero tan pronto como pronunció esas mágicas palabras, fue como si su vida hubiera comenzado a cambiar rápidamente. Al pasar después cerca al puerto de la ciudad, se dio cuenta de que un pequeño barco se marchaba. No le prestó atención, al igual que cada atardecer que caminaba por ese desolado sector  de la zona portuaria, de no haber sido porque uno de los marinos que lo conocían le gritó en el pavimento, para comunicarle urgente que en vista de que faltaba un tripulante que estaba enfermo, él podía acompañarlos en un viaje que iban a hacer a Haití transportando café, algo que Chemita Brito nunca soñó pero que le sonó tan romántico, que ni siquiera fue al barrio donde vivía su madre y hermanos para darles la noticia, sino que se embarcó velozmente en la nave de hierro para que no se fuera sin él. Estar en un barco de ese tamaño, con un uniforme azul, al lado de varios marinos cantando la misma canción de perpetuo soñador que había ayudado a hacer mejor la historia de la humanidad, era para él algo tan extraordinario que le dio temor que todo fuera una simple ilusión. Se acomodó como pudo, viendo los contenedores acomodados ordenadamente, muy tranquilo en serio con lo que iba a vivir, porque le dijeron que no se preocupara por el pasaporte. De manera que pasó toda la tarde dentro de la embarcación, cuando ésta se marchó lento alejándose del puerto, pensando en el cambio tan importante que estaba teniendo su vida. Era algo bastante diferente, ver toda la estructura interna de un navío de despacho internacional donde no había estado nunca, pero más tarde cuando se asomó por la popa y vio que nada quedaba en el panorama marítimo de Cartagena, despertó del sueño encantador.
   Fueron unos días buenos en el barco, sirviendo de mucho, lavando los pisos, ayudando en la cocina, probando las mejores comidas que conoció gracias a la amistad del chef, y aprendiendo varias cosas adentro hasta concluir que ser marino era mejor que un vago en la calle. Alguna vez pensó que estar en el alta mar le daría mucho miedo, por las historias de naufragio que escuchaba sobre barcos que se hundían con fabulosos tesoros a la profundidad oscura del agua, pero entonces estaba muy a gusto viendo el mar Caribe a su alrededor, sintiendo la brisa pura, la corriente del aire, así que la idea de que alguna vez ese viaje iba a terminar lo llevó a pensar que de ahora en adelante sólo sería marinero. La tarde en que arribaron al viejo puerto de Puerto Príncipe estaba tan acostumbrado a la soledad del mar, que el olor de la ciudad le pareció contaminante. Al igual que muchos tripulantes, ayudó a desembarcar el café. Sin embargo, cuando terminaron el arduo trabajo y creyó que ya se iban de regreso, alguien que iba saliendo le dijo que apenas comenzaba la diversión.
   Era un cabaret, donde el volumen de la música tropical estaba alto y las mujeres tenían una sonrisa de recepción sincera, en el que por primera vez llegó a creer en el amor. Sus amigos le dijeron que se sentara con ellos en una mesa, y Chemita Brito no dudó, viendo a muchas mujeres de caderas voluptuosas que pasaban cerca suyo y lo invitaban a la cama con la sola visión. Sintió miedo por un escenario como aquel, pero cuando dos de sus amigos se metieron en los cuartos con unas mujeres tan buenas de cuerpo que hasta las sonrisas les sobraban, sintió ganas de hacer lo mismo. Una mujer negra, de nalgas demasiado mundanas, se acercó a él y le preguntó si quería un poco de ella. Chemita Brito respondió que sí, se levantó sin pensarlo mucho y caminaron a un cuarto. Cuando estaban dentro de las cuatro paredes que estaban sucias, y ante la cama con sábanas bien tendidas que alguien había organizado con antelación, pudo conocer a una mujer de cuerpo exagerado con más ganas de fumar marihuana que de hacer el amor, pero que cuando vio claramente que Chemita Brito estaba desnudo y tenía también su principal atributo apuntándola con munición, sintió todo lo contrario. La forma como se entregó fue monumental, sincera a pesar de su condición de vagabunda, porque al darse cuenta de que era su primera vez se había enamorado profundamente de él. Era buena en su especie para moverse, como un sismo imparable, mientras Chemita Brito recordaba a la gente de su tierra que decía que esas fantasías sexuales sólo sucedían al otro lado del mar.
   En realidad, le gustó mucho la estupenda experiencia. Durante varios días estuvieron en ese lugar de Puerto Príncipe, conociendo bien el puerto olvidado, los otros barcos parados cuyos tripulantes también buscaban el fácil amor, enamorado del olor putrefacto que contaminaba, de la música alegre de los negros, del vuelo de los goleros que no descansaban en los techos del mercado, y se acostumbró tanto a los bares que cuando no dormía con nadie sentía que no le había cumplido a la tarde. Se acostó con muchas mujeres de caderas anchas, de ritmo imparable como si siempre escucharan música, y todas sabían hacer muy bien el amor a pesar de que lo último que sentían hacia la miserable vida era eso. Para Chemita Brito era lo mejor que había conocido en toda su existencia de hombre desafortunado, y no hallaba dónde ponerse para seguir quedando bien. Entonces aprendió que no era el mar sino los maravillosos prostíbulos de ensueños, lo mejor de ser marinero.
   Lo mejor de la aventura, es que aquel barco no regresó a Cartagena de Indias sino que estuvo recorriendo muchos otros puertos del mar Caribe llevando cacao y cargas de plátano verde, dentro de un ámbito que le era familiar porque atracaba bien en los muelles. Era grande, fuerte, de hierro, sin aparente destino de hundimiento, y a bordo de él Chemita Brito tuvo la sensación de estar viviendo un pedazo de la vida que nunca pensó vivir, como si haberse acercado al alma del mar le hubiera permitido nacer de nuevo en un mundo donde la gente lo trataba mejor. Se hizo experto en todo, ayudando a los demás tripulantes, y de soldador aprendiz soñó con ser algún día contramaestre. Eso le permitiría mejores cosas, estar cerca del timón del capitán, dirigiendo casi el destino de una pujante embarcación,  para seguir creciendo y hacerse un fuerte hombre de mar. Una noche, mientras todos los marinos estaban en silencio, él estaba sentado en un rincón mirando las estrellas. Allí estaba fijamente Orión, siguiéndolo a él mientras el propio barco se orientaba según la dirección de la más conocida constelación. Más allá destacaba la Osa Mayor, con su forma de carro, después la estrella Polar, y él tuvo la impresión de que algo importante lo esperaba esa noche, porque era extraordinario aquello que estaba viviendo. En realidad, sentía en el interior que faltaba mucho para que su verdadero sueño de amor se hiciera realidad.
   En esa ocasión el barco atracó en el puerto de Santo Domingo, y desde el primer momento la alegría de los marinos era tan manifiesta que Chemita Brito no tuvo dudas de que se dirigían nuevamente a un burdel. En realidad, era lo más normal en ellos, sentirse bien cuando estaban en el mejor lugar de la vida real, con la única diferencia de que en esta ocasión se dirigían en grupo a un prostíbulo colorido que tenía mucha bulla en las Antillas, por tener unas increíbles mujeres sensuales de todos los tamaños, de todos los colores, con todas las formas agraciadas para atraer el amor, llenas de carnes tan perfectas que parecía mentira que tanta belleza de las calles hubiera terminado concentrada en un bar. En esta ocasión, Chemita Brito no tuvo tanta pena como la primera vez, y entró con los primeros. Desde el primer momento en que se sentó a la mesa, pidió una cerveza fría. En efecto, la apariencia carnal de aquellas mujeres era más viva que en otras partes del Caribe, y algunas eran tan bruscamente nalgonas, que daban la impresión de que la ropa apretada que se ponían no era para cubrir sino más bien para mostrar. Una negra que pasó cerca con un vestido beis tenía abundante culo, como verdaderamente parado por sentir espontanea pasión al pasar cerca de la juventud de él. Era la más bella que había visto en su vida, la más protuberante que había conocido, porque de la cintura para abajo todo el elemento masculino se rendía a sus pies. Al darse cuenta de que la miraba más que los otros marinos, bastó para que ella llegara directo hasta él. Ni siquiera se sentó a su lado, sino que le tocó el pecho, lo tomó de la mano y lo invitó en seguida para el cuarto.
   -Te aseguro que la vas a pasar muy bien –le dijo.
   Chemita Brito estaba muy nervioso, porque tenía la seguridad de que una mujer tan culona podía hacer más con él lo que le provocara que lo que podía hacer él con ella. Se levantó por su orgullo de hombre, completamente temeroso de que nunca pudiera llegar a un cuarto, y se abrió paso entre la gente, que bailaba los mejores merengues con ritmo afrodisíaco del Caribe, con bastante alegría en un ambiente erótico, sin soltar la mano de aquella mujer cuyas curvas ejercían una atracción irresistible que él quería seguir hasta el fin del mundo. Chemita Brito creyó esta vez más en el amor, y se dejó llevar al único lugar del cosmos donde en esos momentos tenía sentido existir. Desde que entraron al cuarto, cerró bien la puerta para asegurarse de que su cuerpo sensual sólo era para él. «Siempre soñé con un trasero como éste», pensó. Ella comenzó a quitarse la ropa con la misma facilidad con que lo había conocido, y dejó ver entonces un espectáculo exorbitante con sus nalgas inmensas que en apariencia engordaban al quedar desnudas, y que con el sólo hecho de mirarlas dejaban una satisfacción anticipada como si ya eso hubiera sido suficiente para el mismo amor. Era tanto el deseo que él sentía por poseerla, que cuando ella lo quiso desabrochar abajo para enternecerlo primero como era costumbre con un cliente, él se precipitó a su trasero grandioso, increíblemente voluptuoso, sintiendo que como mujer nada tenía mejor que eso, y lo saboreó en las mil delicias del pecado hasta que tuvo la seguridad de que sólo por disfrutar ese buen momento había valido la pena nacer en la vida. Fue un suceso único, aunque ella también quería que él la lamiera por delante para que después le pagara después bien su precio. La tuvo en todas las posturas de la imaginación, siendo obediente a las posiciones, como una verdadera esclava del amor, mordió sus senos redondos, con gran pasión, con hambre de salvaje, la tuvo boca arriba llena de ilusión, y al fluir dentro de ella tuvo la sensación de que estaba viajando a través del espacio. En verdad, nunca había conocido una mujer en la cama que tuviera tantos atributos a la vez. Lo que había vivido era magnífico, por lo que quiso quedarse con ella para toda la vida.
   Fue una experiencia esplendorosa, porque a partir de entonces la personalidad de Chemita Brito sería diferente. Se sintió muy feliz con esa vivencia, de modo que cuando regresó ante sus compañeros nadie lo reconoció porque estaba más flaco y parecía tener menos años. Esa noche en la recamara del barco estaba tan contento, recordando la escena con tal claridad, visualizando cada detalle íntimo en la memoria, que se preguntó cómo no se quedó esa noche viviendo en aquel bar donde había quedado para siempre su espíritu inocente. El mar, el que lo había seducido tanto, le pareció entonces lo más aburrido del mundo. Durante el viaje siguiente, siempre pensaba en las cualidades sobrenaturales de la negra grande, que a partir de entonces lo estaría esperando por el dinero de más que él le entregó.
   En otra ocasión por la noche, ocurrió algo distinto. Cuando estaba en la recamara, leyendo un pasaje de la Biblia para que pasara el tiempo, el resto de sus compañeros entró en estado de júbilo. Le pareció extraño en alta mar, porque en el largo tiempo que había estado conviviendo con ellos, escuchando sus historias particulares y reconociéndolos más por sus personalidades que por sus nombres, había aprendido que la vida de los marineros sólo comienza a ser feliz cuando están en las luces multicolores de los burdeles. Alguien que venía pasando por su puerta, le dijo exaltado:
   -Es una sirena.
   Sus compañeros estaban en estribor, sintiendo el canto de una posible sirena que los encantaba desde la oscuridad. Estaban reunidos, como en una congregación religiosa, entusiasmados de verdad, queriendo ver su hermosura en toda la dimensión fosforescente como si eso fuera suficiente para decidir tirarse al mar. Chemita Brito fue el único que no la sintió, porque el recuerdo del cuerpo desnudo de aquella prostituta con caderas protuberantes estaba tan vivo en sí, que el amor le entraba más en esos momentos por la parte subconsciente que por los oídos. Le pareció que además era de mal agüero escuchar la música de una sirena, cuando una negra culona lo estaba esperando seguramente en el bar más encantador del mundo antillano. En realidad, estaba desesperado por verla nuevamente para poder sentir su olor a culo.
   Cuando entraron al burdel, algunos de sus compañeros estaban aún seducidos por la historia de la sirena, de modo que ver muchas mujeres de dos piernas en movimiento fue igual de rutinario que sentir el agua salada del mar. Él, por su parte, siguió de largo buscando su mesa, donde estaba seguro de que tenía que pasar la hermosa negra de nalgas abultadas. Apenas estaba se estaba sentado, cuando la vio al fondo de la cantina, de espalda a sí, fiel a su trabajo. Sus nalgas eran tan redondas y voluminosas, más equipadas de lo que pensaba, que Chemita Brito se alegró de no recordarla bien cómo era ella de verdad en su soledad de marinero, porque eso demostraba una vez más que la vida del hombre era mejor si estaba viviéndola que imaginándola. Entonces sintió que nadie en el mar, la tierra o el cielo podía ser más feliz que él, y se preparó para amarla con toda su pasión de amante profundamente enamorado. Cuando apenas se levantaba para ir donde ella, que no lo había visto llegar como a los demás marineros, alguien de repente apareció en la escena detrás de la puta, y le tocó las nalgas de burbuja. La negra volteó, vio al hombre aparecido y se llenó de sonrisa, como si hubiera reconocido a un viejo cliente. El hombre la tomó entonces de las caderas, la movió de su puesto y la llevó en seguida por el largo corredor, rumbo a una noche de loca pasión cuya atmósfera envidiable se podía sentir más allá del alcance de los cinco sentidos.
   Chemita Brito, triste con lo que vio, salió en seguida del lugar y caminó por la playa. Sentado en la arena, esperó que amaneciera en el horizonte, sin desespero, sintiendo el celo que le había provocado que alguien hubiera tocado las nalgas de una puta que él había imaginado tantas veces, que ya le parecían suyas. Era injusto, se maldecía, convencido de que ella sólo podía ser de él en el placer de la cama porque era el hombre que más la pensaba en la vida. En esto estaba abstraído, cuando algo lo interrumpió. La presencia de una mujer blanca, de senos abultados, cintura estrecha y grandes caderas, le pareció un consuelo indescriptible que lo rescató del inmenso guayabo.
   No podía creer lo que estaba viendo. La mujer que estaba cerca a él era tan bella, que si las personas que estaban por ahí no la hubieran visto nadie después le hubiera creído el fantástico relato. Le pareció raro que ella lo estuviera mirando, de forma intensa, como tratando de rescatarlo de su pena, y llegó a la conclusión de que era una puta más. De todas maneras, estaba maravillado con la majestuosa visión que se le presentaba, hasta llegar a parecerle que la Belleza sólo había cambiado de cara, forma de cuerpo y color trigueño de piel, para que él siguiera enamorado eternamente de ella. La mujer le preguntó qué estaba haciendo, y él le respondió que estaba ahí, esperando que se fuera el barco que dentro de poco iba a quitar amarras. Ella le dijo que le parecía mentira que alguien como él estuviera allí, mientras todos sus compañeros estaban bebiendo ron blanco en los bares.
   -Nunca más entraré en un bar.
   -No puede ser -dijo entusiasmado ella-. Con un hombre como tú me gustaría vivir.
   Era cierto lo que dijo, por lo que Chemita Brito, sintiendo buena confianza, tuvo la intención de tocarla con seducción maestra en sus partes más íntimas, pero ella misma no lo dejó. Al igual que cuando se trata a un borracho, le dijo con paciencia que lo mejor era que se fuera, se bañara y repusiera, porque la próxima vez en que se vieran iban a hablar mejor. Era tan agraciada al hablar, que él también tuvo la creencia que por haber huido de la sirena en el mar, la vida lo estaba encantando de todas formas con una mujer de caderas anchas en tierra firme. Era en verdad lo que más miraba de ella, sus anchas caderas que tenían algo de maternal. Sus amigos llegaron a buscarlo porque se dieron cuenta de que estaba despechado por el amor, y se lo llevaron al puerto. Chemita Brito aceptó, resignado, pero nuevamente enamorado, por lo que antes miró por última vez a esta criatura que tenía todas las cualidades para ser la mujer más hermosa que había visto en la vida.
   En los días siguientes, la pensaba tanto que no pudo saber cómo se embarcó en el barco sin antes hacerle el amor, como a las demás mujeres corpulentas que últimamente estaban apareciendo en su vida. Entonces creyó que así fue mejor, porque de haberse acostado fácilmente con ella de seguro se hubiera quedado a vivir para siempre en República Dominicana, escuchando merengue, bachata romántica, todos los ritmos felices que se crearon en ese ámbito antillano para hacer mejor el amor. Mientras navegaba por el mismo mar, y su compañeros hablaban de sus hazañas con las putas morenas, Chemita Brito prefería conservar sólo su recuerdo, porque estaba tan hondamente enamorado de ella que le daba celo que alguien pudiera ver en la mente lo mismo con él. En su cabeza, no había otra imagen que la de regresar algún día, estar en ese mismo lugar lunático, para buscar a esa mujer de caderas gruesas cuyo nombre era lo único que le faltaba saber para que fuera perfecta. Por eso estaba completamente convencido de que la próxima vez en que se vieran, dejaría para siempre aquel barco y se quedaría viviendo en tierra.
   La tarde en que regresaron al puerto de Santo Domingo, en seguida entró al burdel que estaba cerca, buscándola con ansiedad. Cuando en un principio le dijeron que no la conocían, no se preocupó. Siendo un hombre entusiasmado por ese nuevo mundo que comenzaba a conocer, entró en otro bar donde también estaba la fiesta. Nadie le dio la menor pista de la muchacha, y cuando entró en otro y luego en otros más, y tampoco la veía, tuvo la certidumbre de que sólo había sido una aparición la que había tenido. Cuando uno de sus compañeros le confirmó que en efecto lo había visto hablando con una mujer a orillas de la playa, respiró tranquilo y se fumó con placer un tabaco dominicano. En muchos burdeles siguió preguntando por ella, dio la mejor descripción que podía ocurrírsele porque aún tenía el fantasma fresco en su mente, y aunque vio otras putas blancas de caderas bastante crecidas, nadie asemejaba siquiera la misma pasión. La idea de que se hubiera ido de la ciudad, en busca de un lugar mejor, lo hizo marcharse tranquilo en el barco.
   En muchos lugares de La Española donde se suponía que debían de estar las putas, tuvo esperanzas de encontrarla muy pronto. Pero no halló pistas de ella, ni de nadie que pudiera conocerla, por mucho camino ajeno que recorrió en el espacio idílico y lleno de música estridente de los prostíbulos. No sabía su nombre, pero bastaba describirla con la fábula con que él lo hacía para que nadie le diera una sola señal de su existencia, por lo que poco a poco fue perdiendo la razón, entró en un estado de locura, lloró con lágrimas vivas, creyendo que mientras él la buscaba en todas las partes del mundo oscuro, tomando mucho ron y escuchando los boleros de Daniel Santos para resistir la pena, ella debía estar encerrada en un cuarto con un hombre haciendo feliz el amor. Fue tanta su locura, que en el primer bar que encontró luego de una nueva borrachera, abrió las puertas de todos los cuartos, como una bestia rugiendo, y sorprendió a muchas negras en pleno oficio que en vez de espantarse con su presencia interruptora, lo invitaron a ser también protagonista del amor. Chemita Brito era un tipo perdido, porque ni él ni ellas tenían tanto amor para dar.
   Desde entonces, fue conocido como aquel marinero legendario seducido por el recuerdo de una puta perdida que buscó en muchos lugares desconocidos del mar Caribe, sin poder encontrarla a pesar del poderoso imán de su corazón. Fue a tantos bares despreciando a las putas, sin acostarse con nadie, que muchas personas llegaron a creer que era un marinero marica. No le importaba saber eso, prefería estar apartado en la mesa oyendo mucho mambo, algo de cha-cha-cha para rescatar su vieja alegría, porque su única idea era encontrar a esa extraordinaria mujer que en la playa lo había hecho creer en el amor a primera vista. Se metió en muchos lugares, fumó toda la hierba de Jamaica que pudo, entró en éxtasis estelar, se comportó como un loco perdido y en más de una ocasión el barco de siempre lo dejó olvidado. Si continuó como marinero de profesión, era porque sólo en un barco de hierro abriéndose paso en el mar de las Antillas Mayores, podía encontrar a esa hermosa mujer que lo había enamorado. Desde entonces, fue comenzado a ser conocido como Chema el Marinero, un personaje único, extrovertido, carismático, el preferido de las bandidas, bailador de profesión y amigo de todo el mundo, que en todo puerto donde había bar dejaba un mejor recuerdo que el mar. Frecuentó los bares más que antes, y para olvidarse de la mujer de caderas blancas, se acostaba con las despampanantes mujeres más negras. Algunas quedaron tan enamoradas, que cuando llegaba su barco al puerto, no se dejaban tocar de otro hombre para que fuera él quien las llevara al cuarto donde quedarían marcadas por su hierro candente. Chema el Marinero aceptaba engreído, sintiendo cómo su reputación de amante complaciente cobraba tanta fuerza como su aura de hombre de mar.
   En una espantosa noche de huracanes, sucedió lo inevitable. Chema el Marinero, al igual que otros tripulantes, sintió desde el principio de la llovizna y la brisa intempestiva que aquel barco en el que estaban no iba a resistir la furia de un mar que habían conocido tanto como para saber que en esa ocasión no era el mismo que los iba a llevar de seguro a un buen destino. Al parecer, el mar era tan inestable y las olas tan peligrosas, que la posibilidad de ser volteado era latente. Se lo comunicó a un compañero, pero ni él ni nadie le prestaron atención. Todos corrían de un lado a otro, miedosos, desesperados, llorando de los nervios, esperando un verdadero milagro del cielo, buscando la manera de salvar la mítica embarcación. Cuando ésta todavía estaba en pie, balanceándose de un lado al otro, sin más remedio, él sintió el instinto de echarse al agua y nadar hasta que la fuerza descomunal lo ayudara, antes de hundirse con un barco que definitivamente había llegado al límite. Entonces se tiró sin temor a lo desconocido que le esperaba, antes de que fuera demasiado tarde. El barco se perdió de la vista poco después detrás suyo, hasta que finalmente se sumergió entero, y sólo él y Dios supo cómo sobrevivió a muchas olas en la madrugada, al cansancio de sus brazos, a la horrible pesadilla, y llegó al día siguiente a una orilla desierta donde también esperaba que iba a encontrar a la blanca mujer de caderas grandiosas.
   Su fama de hombre de mar aumentó con eso, y en cualquier bar donde llegaba todas las putas querían acostarse con Chema el Marinero, el único sobreviviente de un barco que se hundió en un lugar del mar Caribe que todavía nadie se acuerda dónde. Se hizo más conocido entre las prostitutas, y se acostó con todas las más deseadas por la humanidad, creyendo que ese renombre de amante complaciente iba a atraer la atención de la blanca mujer de las nalgas englobadas para que quisiera saber quién era él. Se hizo muchos tatuajes en el cuerpo, en especial uno de la Virgen de Guadalupe, creyendo que era la santa venerada que lo había salvado, y cogió inmensa popularidad como hombre de fuerza y gran luchador en cualquier taberna. Algunas putas quedaban tan encantadas con su forma de amar, que se ponían a suspirar cuando se acordaban que perdieron tanto tiempo en la vida para sentir el amor original, al igual que entristecían rápidamente al verlo encerrado con otras mujeres dichosas en el mismo recinto. Incluso, algunas quedaron tan decepcionadas con su indiferencia de amante y el celo que les provocaba eso, que se retiraron para siempre de los burdeles. Simultáneamente, él sentía que sólo sería el hombre más feliz del universo cuando apareciera aquella misteriosa mujer en su vida, que a lo mejor era que estaba huyendo de sí para ver hasta dónde llegaba su ímpetu de portentoso enamorado. En todos los establecimientos donde podía estar la buscó, sin cansancio, sin perder las esperanzas, y en casi todos se acostó con las mujeres más caderonas para ver cuál tenía la capacidad sexual de hacerlo olvidar de ella.
   En La Habana, fue a un lugar que nunca se le había ocurrido antes. En la parte vieja de la ciudad, donde abundaban balcones y la pobreza en las calles formaba parte del paisaje turístico, se dirigió a un cuarto de santería donde una vieja negra de canas, descendiente de africanos, que aún en su época de crepúsculo había tenido el mejor cuerpo del Malecón, y que ahora sabía más del amor que cualquiera a través de la herencia yoruba. Cuando vio todos los objetos de rituales para la buena suerte, Chemita Brito sintió más confianza que antes. Desde el primer momento que estuvo frente a su santuario, contó lo que había sentido desde que conoció a esa mujer en la playa, de todos los recónditos lugares del mar que había recorrido para encontrarla, del falso amor que había sentido con otras mujeres desnudas para olvidarse de ella, y que sólo el día en que la pudiera ver sería un hombre feliz. Según le dijo, soñaba acostarse al menos una vez en la vida con esa blanca mujer de caderas acrecentadas para poder estar tranquilo. La señora lo quedó mirando con superstición, pareciéndole que aquel negro estaba en realidad poseído por la peor enfermedad del corazón, por lo que le pidió la mano para leérsela, y al final le dio una buena respuesta. «Nunca más vuelvas a un bar», le dijo por consejo. Chema el Marinero no entendió las sabias palabras de la bruja, pero pensó que ella al final tenía razón.
   De manera que en la siguiente oportunidad que regresó en un barco al mismo puerto de Santo Domingo, no se metió en el bar. Sentía que hacerle caso a las palabras de esa clarividente, era ir en la misma corriente de un buen destino. Se sentó en la playa, como en aquella ocasión, pensando que de pronto proveniente del pasado iba a aparecer esa mujer de caderas enormes preguntándole que hacía allí. Las olas llegaban sucesivamente a él, sin traerle nada nuevo. Nadie pasó por allí en un rato, a diferencia de un muchacho que caminaba despacio por la playa, viendo como si fuera un extraterrestre a ese negro marinero, como hacían siempre los niños con los musculosos y míticos hombres que se bajaban de los barcos a descansar. Chema el Marinero vio el interés del niño, y aprovechando eso se le ocurrió preguntarle por una blanca mujer de caderas enormes, que alguna vez en la mañana caminó por allí.
   -Viene más tarde.
   -¿Quién? –preguntó Chema el Marinero, asombrado.
   -La blanca mujer de caderas enormes –dijo el muchacho-. Todas las tardes viene a recoger el pescado fresco, que traen en las canoas.
   En su vida, a Chema el Marinero no se le había ocurrido eso. Después de buscarla por los puertos del Caribe, de haber estado en todos los bares, escuchado los mejores merengues, bailado desnudo en una pista para complacer a los demás espectadores, haciendo el amor con las mujeres más negras para perder por siempre el encanto de las blancas, fumando marihuana para cambiar su naturaleza, queriendo incluso morirse para olvidarse al fin de ella, sólo hasta ahora era consciente de que esa mujer podía ser alguien de vida normal. En realidad, la blanca mujer que vio en la playa era una más de la ciudad. Entonces le preguntó al muchacho por el paradero de ella, y éste le respondió que todavía estaba en el mercado vendiendo pescado.
   Se levantó corriendo, y se dirigió rápido al mercado público de Santo Domingo. Entonces en el lugar cercano al puesto de verduras, vio en una de las mesas a una mujer que no vendía su carne sino la de los pescados. Al verlo llegar ella en seguida lo reconoció, sonriente, complacida, como recriminándolo en juego por todo el tiempo que se había demorado para aparecer nuevamente en su vida, desde que él le dijo que era el único marino bohemio que no entraba en los bares. Al verlo, se dio cuenta de que la realidad era diferente, por sus músculos y tatuajes subliminales que lo hacían parecer pariente cercano del Diablo, pero desde entonces había pensando tanto en él que lo vio con la misma familiaridad con que veía a la gente que le compraba mojarra. Chema el Marinero se acercó a ella, delante de la multitud que la rodeaba, y la abrazó de una forma natural que nadie tuvo dudas de que fuera su marido. En realidad, era como si desde siempre ella también lo hubiera estado esperando por el amor transparente que en ese instante sintió. Le respondió fácilmente, besándolo cuando él la besó, muy alegre y feliz, como dándole a entender que sólo a su lado podía ir a cualquier lugar del hemisferio.
   Cuando estuvo seguro de que ella lo acompañaría, se la llevó días después a Cartagena donde estaba esperanzado en vivir como simple pescador para no alejarse más nunca de la tierra. A bordo del barco no la tocó siquiera, porque ella estaba tan admirada con las historias fantásticas e inverosímiles que él le contaba sobre la manera persistente como la buscó en algunos lugares oscuros del mar Caribe, que eso fue más interesante que hacer el amor. En realidad, entre ellos había mucho ardor por compartir durante la larga vida que les quedaba. Al llegar al puerto de Cartagena de Indias, donde abundaban los navíos y los montacargas se movían de un lado a otro, Chema el Marinero la miró como siempre, sonriente, completamente enamorado de ella. Sólo que más tarde en la ciudad, cuando vio la playa, las olas encrespadas que llegaban a la orilla como si sí tuvieran que ver algo con su vida, recordó que era la primera vez que volvía a su tierra desde que se había marchado en un barco. Sin poder creerlo, algo grande en su alma sucedió, se hizo la luz, tuvo un instante de revelación, porque sólo a partir de entonces se dio cuenta de que la dominicana que estaba con él era la mujer más bella del mundo. Fue una emoción tan extraña, fugaz e incomprensible, que incluso le pareció que todo ese tiempo que había pasado desde que le pidió el deseo al Universo sólo había transcurrido hacía poco.

   La primera casa sola que encontró en el barrio de siempre, fue suficiente para que Chema el Marinero descansara por completo como si hubiera regresado de un solo y largo viaje. Desde que estuvo con Ana bajo techo, se sintió más seguro y feliz estando en tierra firme que en el destino incierto del mar. Con más familiaridad le habló sobre su vida, lo que le había motivado a adentrarse sin experiencia en el mar, a bordo de un barco que lo montó, diciéndole además que ella era la mujer que siempre había querido, y que la naturaleza enigmática inexplicablemente le había dado después de haberla deseado sin conocerla. En el cuarto, donde estuvieron solos, la hizo quitarse la ropa con delicadeza, elegancia y soltura, y por primera vez vio una hermosa desnudez que había imaginado tantas veces sirviendo con amor para él, que en esos momentos cuando le tocaba las grandes caderas con ardiente desespero ella se dejaba muy tranquila como si también se acordara de eso. Se precipitó en seguida a acariciarle las sabrosas nalgas, sabiendo que eran sólo suyas, las únicas gigantes que no iba a compartir con nadie, se acostaron con grandeza en la cama, sin echarse las sábanas, sin aguantar más, introduciéndose dentro de su carne en un acto sagrado, y perdieron por completo los sentidos en una pasión que producía lava volcánica. Era el amor que más provocaba ver, el que siempre quiso tener, siendo como la delicia de la leche de cabra, como el mismo pastel, y todo el placer estiraba la luna de miel, mientras él sentía que los sueños con tenerlos en una sola ocasión se pueden hacer realidad.

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