Chema el
Marinero
Por
Juan Carlos Herrera
Al ir caminando
por la playa, miraba el ancho mar que estaba ante él. Chemita Brito estaba sin
camisa, con un mocho de jean, e iba descalzo, al igual que siempre, como
alguien que pretende sentirse libre ante esa brisa fresca que parecía venir con
fuerza desde el otro lado del continente. Eran tantas las olas furiosas por el
mar de leva, que tuvo la sensación mística de que algo tenían que ver con su vida. Entonces miró en
la arena cerca a sus pies una botella de vidrio que estaba vacía, sin tapa, como
algo que tampoco tenía que ver con el azar, y sintió por esa razón que ahora sí
podía ser alguien importante. Fue porque en esos momentos de soledad recordó
las leyendas, mitos y cuentos fantásticos de la antigüedad oriental que decían
que de allí salían los genios, quienes por el agradecimiento de haberlos sacado
de un encierro de doscientos o mil años cumplían al instante los deseos de las primeras
personas que las destapaban.
-Quiero la mujer más bella del mundo –dijo entonces
él.
Era un hombre moreno, joven y pobre, que
estaba desempleado. Esa tarde estaba en ese lugar para ver si encontraba una
oportunidad como pescador artesanal, no tenía siquiera con qué comer, y lo
único que poseía para conquistar una bella mujer no era el dinero sino quizás
la atracción de sus músculos de esclavo. Pero tan pronto como pronunció esas mágicas
palabras, fue como si su vida hubiera comenzado a cambiar rápidamente. Al pasar
después cerca al puerto de la ciudad, se dio cuenta de que un pequeño barco se
marchaba. No le prestó atención, al igual que cada atardecer que caminaba por
ese desolado sector de la zona
portuaria, de no haber sido porque uno de los marinos que lo conocían le gritó
en el pavimento, para comunicarle urgente que en vista de que faltaba un
tripulante que estaba enfermo, él podía acompañarlos en un viaje que iban a
hacer a Haití transportando café, algo que Chemita Brito nunca soñó pero que le
sonó tan romántico, que ni siquiera fue al barrio donde vivía su madre y
hermanos para darles la noticia, sino que se embarcó velozmente en la nave de
hierro para que no se fuera sin él. Estar en un barco de ese tamaño, con un
uniforme azul, al lado de varios marinos cantando la misma canción de perpetuo soñador
que había ayudado a hacer mejor la historia de la humanidad, era para él algo
tan extraordinario que le dio temor que todo fuera una simple ilusión. Se
acomodó como pudo, viendo los contenedores acomodados ordenadamente, muy tranquilo
en serio con lo que iba a vivir, porque le dijeron que no se preocupara por el
pasaporte. De manera que pasó toda la tarde dentro de la embarcación, cuando
ésta se marchó lento alejándose del puerto, pensando en el cambio tan importante
que estaba teniendo su vida. Era algo bastante diferente, ver toda la
estructura interna de un navío de despacho internacional donde no había estado
nunca, pero más tarde cuando se asomó por la popa y vio que nada quedaba en el
panorama marítimo de Cartagena, despertó del sueño encantador.
Fueron unos días buenos en el barco, sirviendo
de mucho, lavando los pisos, ayudando en la cocina, probando las mejores
comidas que conoció gracias a la amistad del chef, y aprendiendo varias cosas adentro
hasta concluir que ser marino era mejor que un vago en la calle. Alguna vez
pensó que estar en el alta mar le daría mucho miedo, por las historias de
naufragio que escuchaba sobre barcos que se hundían con fabulosos tesoros a la
profundidad oscura del agua, pero entonces estaba muy a gusto viendo el mar Caribe
a su alrededor, sintiendo la brisa pura, la corriente del aire, así que la idea
de que alguna vez ese viaje iba a terminar lo llevó a pensar que de ahora en
adelante sólo sería marinero. La tarde en que arribaron al viejo puerto de
Puerto Príncipe estaba tan acostumbrado a la soledad del mar, que el olor de la
ciudad le pareció contaminante. Al igual que muchos tripulantes, ayudó a
desembarcar el café. Sin embargo, cuando terminaron el arduo trabajo y creyó
que ya se iban de regreso, alguien que iba saliendo le dijo que apenas
comenzaba la diversión.
Era un cabaret, donde
el volumen de la música tropical estaba alto y las mujeres tenían una sonrisa
de recepción sincera, en el que por primera vez llegó a creer en el amor. Sus
amigos le dijeron que se sentara con ellos en una mesa, y Chemita Brito no
dudó, viendo a muchas mujeres de caderas voluptuosas que pasaban cerca suyo y
lo invitaban a la cama con la sola visión. Sintió miedo por un escenario como
aquel, pero cuando dos de sus amigos se metieron en los cuartos con unas
mujeres tan buenas de cuerpo que hasta
las sonrisas les sobraban, sintió ganas de hacer lo mismo. Una mujer negra, de
nalgas demasiado mundanas, se acercó a él y le preguntó si quería un poco de ella.
Chemita Brito respondió que sí, se levantó sin pensarlo mucho y caminaron a un
cuarto. Cuando estaban dentro de las cuatro paredes que estaban sucias, y ante
la cama con sábanas bien tendidas que alguien había organizado con antelación, pudo
conocer a una mujer de cuerpo exagerado con más ganas de fumar marihuana que de
hacer el amor, pero que cuando vio claramente que Chemita Brito estaba desnudo
y tenía también su principal atributo apuntándola con munición, sintió todo lo
contrario. La forma como se entregó fue monumental, sincera a pesar de su
condición de vagabunda, porque al darse cuenta de que era su primera vez se
había enamorado profundamente de él. Era buena en su especie para moverse, como
un sismo imparable, mientras Chemita Brito recordaba a la gente de su tierra que
decía que esas fantasías sexuales sólo sucedían al otro lado del mar.
En
realidad, le gustó mucho la estupenda experiencia. Durante varios días
estuvieron en ese lugar de Puerto Príncipe, conociendo bien el puerto olvidado,
los otros barcos parados cuyos tripulantes también buscaban el fácil amor, enamorado
del olor putrefacto que contaminaba, de la música alegre de los negros, del
vuelo de los goleros que no descansaban en los techos del mercado, y se
acostumbró tanto a los bares que cuando no dormía con nadie sentía que no le
había cumplido a la tarde. Se acostó con muchas mujeres de caderas anchas, de
ritmo imparable como si siempre escucharan música, y todas sabían hacer muy
bien el amor a pesar de que lo último que sentían hacia la miserable vida era eso.
Para Chemita Brito era lo mejor que había conocido en toda su existencia de
hombre desafortunado, y no hallaba dónde ponerse para seguir quedando bien.
Entonces aprendió que no era el mar sino los maravillosos prostíbulos de
ensueños, lo mejor de ser marinero.
Lo mejor de la aventura, es que aquel barco
no regresó a Cartagena de Indias sino que estuvo recorriendo muchos otros
puertos del mar Caribe llevando cacao y cargas de plátano verde, dentro de un
ámbito que le era familiar porque atracaba bien en los muelles. Era grande,
fuerte, de hierro, sin aparente destino de hundimiento, y a bordo de él Chemita
Brito tuvo la sensación de estar viviendo un pedazo de la vida que nunca pensó
vivir, como si haberse acercado al alma del mar le hubiera permitido nacer de
nuevo en un mundo donde la gente lo trataba mejor. Se hizo experto en todo, ayudando
a los demás tripulantes, y de soldador aprendiz soñó con ser algún día contramaestre.
Eso le permitiría mejores cosas, estar cerca del timón del capitán, dirigiendo casi
el destino de una pujante embarcación, para seguir creciendo y hacerse un fuerte hombre
de mar. Una noche, mientras todos los marinos estaban en silencio, él estaba
sentado en un rincón mirando las estrellas. Allí estaba fijamente Orión, siguiéndolo
a él mientras el propio barco se orientaba según la dirección de la más conocida
constelación. Más allá destacaba la Osa Mayor, con su forma de carro, después
la estrella Polar, y él
tuvo la impresión de que algo importante lo esperaba esa noche, porque era extraordinario
aquello que estaba viviendo. En realidad, sentía en el interior que faltaba
mucho para que su verdadero sueño de amor se hiciera realidad.
En esa
ocasión el barco atracó en el puerto de Santo Domingo, y desde el primer momento
la alegría de los marinos era tan manifiesta que Chemita Brito no tuvo dudas de
que se dirigían nuevamente a un burdel. En realidad, era lo más normal en ellos,
sentirse bien cuando estaban en el mejor lugar de la vida real, con la única
diferencia de que en esta ocasión se dirigían en grupo a un prostíbulo colorido
que tenía mucha bulla en las Antillas, por tener unas increíbles mujeres
sensuales de todos los tamaños, de todos los colores, con todas las formas agraciadas
para atraer el amor, llenas de carnes tan perfectas que parecía mentira que
tanta belleza de las calles hubiera terminado concentrada en un bar. En esta
ocasión, Chemita Brito no tuvo tanta pena como la primera vez, y entró con los
primeros. Desde el primer momento en que se sentó a la mesa, pidió una cerveza
fría. En efecto, la apariencia carnal de aquellas mujeres era más viva que en
otras partes del Caribe, y algunas eran tan bruscamente nalgonas, que daban la
impresión de que la ropa apretada que se ponían no era para cubrir sino más
bien para mostrar. Una negra que pasó cerca con un vestido beis tenía abundante
culo, como verdaderamente parado por sentir espontanea pasión al pasar cerca de
la juventud de él. Era la más bella que había visto en su vida, la más
protuberante que había conocido, porque de la cintura para abajo todo el elemento
masculino se rendía a sus pies. Al darse cuenta de que la miraba más que los
otros marinos, bastó para que ella llegara directo hasta él. Ni siquiera se
sentó a su lado, sino que le tocó el pecho, lo tomó de la mano y lo invitó en
seguida para el cuarto.
-Te aseguro que la vas a pasar muy bien –le
dijo.
Chemita Brito estaba muy nervioso, porque
tenía la seguridad de que una mujer tan culona podía hacer más con él lo que le
provocara que lo que podía hacer él con ella. Se levantó por su orgullo de
hombre, completamente temeroso de que nunca pudiera llegar a un cuarto, y se
abrió paso entre la gente, que bailaba los mejores merengues con ritmo
afrodisíaco del Caribe, con bastante alegría en un ambiente erótico, sin soltar
la mano de aquella mujer cuyas curvas ejercían una atracción irresistible que él
quería seguir hasta el fin del mundo. Chemita Brito creyó esta vez más en el
amor, y se dejó llevar al único lugar del cosmos donde en esos momentos tenía
sentido existir. Desde que entraron al cuarto, cerró bien la puerta para
asegurarse de que su cuerpo sensual sólo era para él. «Siempre soñé con un
trasero como éste», pensó. Ella comenzó a quitarse la ropa con la misma
facilidad con que lo había conocido, y dejó ver entonces un espectáculo exorbitante
con sus nalgas inmensas que en apariencia engordaban al quedar desnudas, y que con
el sólo hecho de mirarlas dejaban una satisfacción anticipada como si ya eso
hubiera sido suficiente para el mismo amor. Era tanto el deseo que él sentía
por poseerla, que cuando ella lo quiso desabrochar abajo para enternecerlo
primero como era costumbre con un cliente, él se precipitó a su trasero grandioso,
increíblemente voluptuoso, sintiendo que como mujer nada tenía mejor que eso, y
lo saboreó en las mil delicias del pecado hasta que tuvo la seguridad de que
sólo por disfrutar ese buen momento había valido la pena nacer en la vida. Fue
un suceso único, aunque ella también quería que él la lamiera por delante para
que después le pagara después bien su precio. La tuvo en todas las posturas de
la imaginación, siendo obediente a las posiciones, como una verdadera esclava
del amor, mordió sus senos redondos, con gran pasión, con hambre de salvaje, la tuvo
boca arriba llena de ilusión, y al fluir dentro de ella tuvo la sensación de
que estaba viajando a través del espacio. En verdad, nunca había conocido una
mujer en la cama que tuviera tantos atributos a la vez. Lo que había vivido era
magnífico, por lo que quiso quedarse con ella para toda la vida.
Fue una experiencia esplendorosa, porque a
partir de entonces la personalidad de Chemita Brito sería diferente. Se sintió muy
feliz con esa vivencia, de modo que cuando regresó ante sus compañeros nadie lo
reconoció porque estaba más flaco y parecía tener menos años. Esa noche en la
recamara del barco estaba tan contento, recordando la escena con tal claridad,
visualizando cada detalle íntimo en la memoria, que se preguntó cómo no se
quedó esa noche viviendo en aquel bar donde había quedado para siempre su espíritu
inocente. El mar, el que lo había seducido tanto, le pareció entonces lo más
aburrido del mundo. Durante el viaje siguiente, siempre pensaba en las
cualidades sobrenaturales de la negra grande, que a partir de entonces lo
estaría esperando por el dinero de más que él le entregó.
En otra ocasión por la noche, ocurrió algo
distinto. Cuando estaba en la recamara, leyendo un pasaje de la Biblia para que
pasara el tiempo, el resto de sus compañeros entró en estado de júbilo. Le
pareció extraño en alta mar, porque en el largo tiempo que había estado conviviendo
con ellos, escuchando sus historias particulares y reconociéndolos más por sus
personalidades que por sus nombres, había aprendido que la vida de los
marineros sólo comienza a ser feliz cuando están en las luces multicolores de los
burdeles. Alguien que venía pasando por su puerta, le dijo exaltado:
-Es una sirena.
Sus compañeros estaban en estribor,
sintiendo el canto de una posible sirena que los encantaba desde la oscuridad. Estaban
reunidos, como en una congregación religiosa, entusiasmados de verdad, queriendo
ver su hermosura en toda la dimensión fosforescente como si eso fuera
suficiente para decidir tirarse al mar. Chemita Brito fue el único que no la
sintió, porque el recuerdo del cuerpo desnudo de aquella prostituta con caderas
protuberantes estaba tan vivo en sí, que el amor le entraba más en esos
momentos por la parte subconsciente que por los oídos. Le pareció que además era
de mal agüero escuchar la música de una sirena, cuando una negra culona lo
estaba esperando seguramente en el bar más encantador del mundo antillano. En
realidad, estaba desesperado por verla nuevamente para poder sentir su olor a culo.
Cuando entraron al burdel, algunos de sus
compañeros estaban aún seducidos por la historia de la sirena, de modo que ver muchas
mujeres de dos piernas en
movimiento fue igual de rutinario que sentir el agua salada del mar. Él,
por su parte, siguió de largo buscando su mesa, donde estaba seguro de que
tenía que pasar la hermosa negra de nalgas abultadas. Apenas estaba se estaba
sentado, cuando la vio al fondo de la cantina, de espalda a sí, fiel a su
trabajo. Sus nalgas eran tan redondas y voluminosas, más equipadas de lo que
pensaba, que Chemita Brito se alegró de no recordarla bien cómo era ella de
verdad en su soledad de marinero, porque eso demostraba una vez más que la vida
del hombre era mejor si estaba viviéndola que imaginándola. Entonces sintió que
nadie en el mar, la tierra o el cielo podía ser más feliz que él, y se preparó
para amarla con toda su pasión de amante profundamente enamorado. Cuando apenas
se levantaba para ir donde ella, que no lo había visto llegar como a los demás
marineros, alguien de repente apareció en la escena detrás de la puta, y le
tocó las nalgas de burbuja. La negra volteó, vio al hombre aparecido y se llenó
de sonrisa, como si hubiera reconocido a un viejo cliente. El hombre la tomó entonces
de las caderas, la movió de su puesto y la llevó en seguida por el largo corredor,
rumbo a una noche de loca pasión cuya atmósfera envidiable se podía sentir más
allá del alcance de los
cinco sentidos.
Chemita Brito, triste con lo que vio, salió en
seguida del lugar y caminó por la playa. Sentado en la arena, esperó que
amaneciera en el horizonte, sin desespero, sintiendo el celo que le había
provocado que alguien hubiera tocado las nalgas de una puta que él había
imaginado tantas veces, que ya le parecían suyas. Era injusto, se maldecía, convencido
de que ella sólo podía ser de él en el placer de la cama porque era el hombre
que más la pensaba en la vida.
En esto estaba abstraído, cuando algo lo interrumpió. La presencia de una mujer
blanca, de senos abultados, cintura estrecha y grandes caderas, le pareció un
consuelo indescriptible que lo rescató del inmenso guayabo.
No podía creer lo que estaba viendo. La
mujer que estaba cerca a él era tan bella, que si las personas que estaban por
ahí no la hubieran visto nadie después le hubiera creído el fantástico relato.
Le pareció raro que ella lo estuviera mirando, de forma intensa, como tratando
de rescatarlo de su pena, y llegó a la conclusión de que era una puta más. De
todas maneras, estaba maravillado con la majestuosa visión que se le presentaba,
hasta llegar a parecerle que la Belleza sólo había cambiado de cara, forma de cuerpo
y color trigueño de piel, para que él
siguiera enamorado eternamente de ella. La mujer le preguntó qué estaba
haciendo, y él le respondió que estaba ahí, esperando que se fuera el barco que
dentro de poco iba a quitar amarras. Ella le dijo que le parecía mentira que
alguien como él estuviera allí, mientras todos sus compañeros estaban bebiendo
ron blanco en los bares.
-Nunca más entraré en un bar.
-No puede ser -dijo entusiasmado ella-. Con
un hombre como tú me gustaría vivir.
Era cierto lo que dijo, por lo que Chemita Brito,
sintiendo buena confianza, tuvo la intención de tocarla con seducción maestra en
sus partes más íntimas, pero ella misma no lo dejó. Al igual que cuando se
trata a un borracho, le dijo con paciencia que lo mejor era que se fuera, se
bañara y repusiera, porque la próxima vez en que se vieran iban a hablar mejor.
Era tan agraciada al hablar, que él también tuvo la creencia que por haber huido
de la sirena en el mar, la vida lo estaba encantando de todas formas con una
mujer de caderas anchas en tierra firme. Era en verdad lo que más miraba de
ella, sus anchas caderas que tenían algo de maternal. Sus amigos llegaron a
buscarlo porque se dieron cuenta de que estaba despechado por el amor, y se lo
llevaron al puerto. Chemita Brito aceptó, resignado, pero nuevamente enamorado,
por lo que antes miró por última vez a esta criatura que tenía todas las
cualidades para ser la mujer más hermosa que había visto en la vida.
En los días siguientes, la pensaba tanto que
no pudo saber cómo se embarcó en el barco sin antes hacerle el amor, como a las
demás mujeres corpulentas que últimamente estaban apareciendo en su vida. Entonces
creyó que así fue mejor, porque de haberse acostado fácilmente con ella de
seguro se hubiera quedado a vivir para siempre en República Dominicana,
escuchando merengue, bachata romántica, todos los ritmos felices que se crearon
en ese ámbito antillano para hacer mejor el amor. Mientras navegaba por el
mismo mar, y su compañeros hablaban de sus hazañas con las putas morenas, Chemita
Brito prefería conservar sólo su recuerdo, porque estaba tan hondamente enamorado
de ella que le daba celo que alguien pudiera ver en la mente lo mismo con él. En
su cabeza, no había otra imagen que la de regresar algún día, estar en ese mismo
lugar lunático, para buscar a esa mujer de caderas gruesas cuyo nombre era lo
único que le faltaba saber para que fuera perfecta. Por eso estaba
completamente convencido de que la próxima vez en que se vieran, dejaría para
siempre aquel barco y se quedaría viviendo en tierra.
La tarde en que regresaron al puerto de
Santo Domingo, en seguida entró al burdel que estaba cerca, buscándola con
ansiedad. Cuando en un principio le dijeron que no la conocían, no se preocupó.
Siendo un hombre entusiasmado por ese nuevo mundo que comenzaba a conocer,
entró en otro bar donde también estaba la fiesta. Nadie le dio la menor pista
de la muchacha, y cuando entró en otro y luego en otros más, y tampoco la veía,
tuvo la certidumbre de que sólo había sido una aparición la que había tenido.
Cuando uno de sus compañeros le confirmó que en efecto lo había visto hablando
con una mujer a orillas de la playa, respiró tranquilo y se fumó con placer un
tabaco dominicano. En muchos burdeles siguió preguntando por ella, dio la mejor
descripción que podía ocurrírsele porque aún tenía el fantasma fresco en su
mente, y aunque vio otras putas blancas de caderas bastante crecidas, nadie asemejaba
siquiera la misma pasión. La idea de que se hubiera ido de la ciudad, en busca
de un lugar mejor, lo hizo marcharse tranquilo en el barco.
En muchos lugares de La Española donde se
suponía que debían de estar las putas, tuvo esperanzas de encontrarla muy
pronto. Pero no halló pistas de ella, ni de nadie que pudiera conocerla, por
mucho camino ajeno que recorrió en el espacio idílico y lleno de música estridente
de los prostíbulos. No sabía su nombre, pero bastaba describirla con la fábula con
que él lo hacía para que nadie le diera una sola señal de su existencia, por lo
que poco a poco fue perdiendo la razón, entró en un estado de locura, lloró con
lágrimas vivas, creyendo que mientras él la buscaba en todas las partes del
mundo oscuro, tomando
mucho ron y escuchando los boleros de Daniel Santos para resistir la pena, ella
debía estar encerrada en un cuarto con un hombre haciendo feliz el amor. Fue
tanta su locura, que en el primer bar que encontró luego de una nueva borrachera,
abrió las puertas de todos los cuartos, como una bestia rugiendo, y sorprendió
a muchas negras en pleno oficio que en vez de espantarse con su presencia
interruptora, lo invitaron a ser también protagonista del amor. Chemita Brito era
un tipo perdido, porque ni él ni ellas tenían tanto amor para dar.
Desde entonces, fue conocido como aquel
marinero legendario seducido por el recuerdo de una puta perdida que buscó en
muchos lugares desconocidos del mar Caribe, sin poder encontrarla a pesar del poderoso
imán de su corazón. Fue a tantos bares despreciando a las putas, sin acostarse
con nadie, que muchas personas llegaron a creer que era un marinero marica. No
le importaba saber eso, prefería estar apartado en la mesa oyendo mucho mambo,
algo de cha-cha-cha para rescatar su vieja alegría, porque su única idea era
encontrar a esa extraordinaria mujer que en la playa lo había hecho creer en el
amor a primera vista. Se metió en muchos lugares, fumó toda la hierba de
Jamaica que pudo, entró en éxtasis estelar, se comportó como un loco perdido y
en más de una ocasión el barco de siempre lo dejó olvidado. Si continuó como
marinero de profesión, era porque sólo en un barco de hierro abriéndose paso en
el mar de las Antillas Mayores, podía encontrar a esa hermosa mujer que lo
había enamorado. Desde entonces, fue comenzado a ser conocido como Chema el
Marinero, un personaje único, extrovertido, carismático, el preferido de las
bandidas, bailador de profesión y amigo de todo el mundo, que en todo puerto donde
había bar dejaba un mejor recuerdo que el mar. Frecuentó los bares más que
antes, y para olvidarse de la mujer de caderas blancas, se acostaba con las despampanantes
mujeres más negras. Algunas quedaron tan enamoradas, que cuando llegaba su
barco al puerto, no se dejaban tocar de otro hombre para que fuera él quien las
llevara al cuarto donde quedarían marcadas por su hierro candente. Chema el
Marinero aceptaba engreído, sintiendo cómo su reputación de amante complaciente
cobraba tanta fuerza como su aura de hombre de mar.
En una
espantosa noche de huracanes, sucedió lo inevitable. Chema el Marinero, al
igual que otros tripulantes, sintió desde el principio de la llovizna y la
brisa intempestiva que aquel barco en el que estaban no iba a resistir la furia
de un mar que habían conocido tanto como para saber que en esa ocasión no era el
mismo que los iba a llevar de seguro a un buen destino. Al parecer, el mar era
tan inestable y las olas tan peligrosas, que la posibilidad de ser volteado era
latente. Se lo comunicó a un compañero, pero ni él ni nadie le prestaron
atención. Todos corrían de un lado a otro, miedosos, desesperados, llorando de
los nervios, esperando un verdadero milagro del cielo, buscando la manera de
salvar la mítica embarcación. Cuando ésta todavía estaba en pie, balanceándose
de un lado al otro, sin más remedio, él sintió el instinto de echarse al agua y
nadar hasta que la fuerza descomunal lo ayudara, antes de hundirse con un barco
que definitivamente había llegado al límite. Entonces se tiró sin temor a lo desconocido
que le esperaba, antes de que fuera demasiado tarde. El barco se perdió de la
vista poco después detrás suyo, hasta que finalmente se sumergió entero, y sólo
él y Dios supo cómo sobrevivió a muchas olas en la madrugada, al cansancio de
sus brazos, a la horrible pesadilla, y llegó al día siguiente a una orilla desierta
donde también esperaba que iba a encontrar a la blanca mujer de caderas grandiosas.
Su fama de hombre de mar aumentó con eso, y en cualquier bar donde
llegaba todas las putas querían acostarse con Chema el Marinero, el único
sobreviviente de un barco que se hundió en un lugar del mar Caribe que todavía
nadie se acuerda dónde. Se hizo más conocido entre las prostitutas, y se acostó
con todas las más deseadas por la humanidad, creyendo que ese renombre de
amante complaciente iba a atraer la atención de la blanca mujer de las nalgas englobadas
para que quisiera saber quién era él. Se hizo muchos tatuajes en el cuerpo, en
especial uno de la Virgen de Guadalupe, creyendo que era la santa venerada que lo
había salvado, y cogió inmensa popularidad como hombre de fuerza y gran
luchador en cualquier taberna. Algunas putas quedaban tan encantadas con su forma
de amar, que se ponían a suspirar cuando se acordaban que perdieron tanto
tiempo en la vida para sentir el amor original, al igual que entristecían rápidamente
al verlo encerrado con otras mujeres dichosas en el mismo recinto. Incluso,
algunas quedaron tan decepcionadas con su indiferencia de amante y el celo que
les provocaba eso, que se retiraron para siempre de los burdeles. Simultáneamente,
él sentía que sólo sería el hombre más feliz del universo cuando apareciera
aquella misteriosa mujer en su vida, que a lo mejor era que estaba huyendo de
sí para ver hasta dónde llegaba su ímpetu de portentoso enamorado. En todos los
establecimientos donde podía estar la buscó, sin cansancio, sin perder las
esperanzas, y en casi todos se acostó con las mujeres más caderonas para ver cuál
tenía la capacidad sexual de hacerlo olvidar de ella.
En La Habana, fue a un lugar que nunca se le
había ocurrido antes. En la parte vieja de la ciudad, donde abundaban balcones
y la pobreza en las calles formaba parte del paisaje turístico, se dirigió a un
cuarto de santería donde una vieja negra de canas, descendiente de africanos,
que aún en su época de crepúsculo había tenido el mejor cuerpo del Malecón, y que
ahora sabía más del amor que cualquiera a través de la herencia yoruba. Cuando
vio todos los objetos de rituales para la buena suerte, Chemita Brito sintió
más confianza que antes. Desde el primer momento que estuvo frente a su
santuario, contó lo que había sentido desde que conoció a esa mujer en la
playa, de todos los recónditos lugares del mar que había recorrido para
encontrarla, del falso amor que había sentido con otras mujeres desnudas para
olvidarse de ella, y que sólo el día en que la pudiera ver sería un hombre
feliz. Según le dijo, soñaba acostarse al menos una vez en la vida con esa blanca
mujer de caderas acrecentadas para poder estar tranquilo. La señora lo quedó
mirando con superstición, pareciéndole que aquel negro estaba en realidad
poseído por la peor enfermedad del corazón, por lo que le pidió la mano para
leérsela, y al final le dio una buena respuesta. «Nunca más vuelvas a un bar»,
le dijo por consejo. Chema el Marinero no entendió las sabias palabras de la bruja,
pero pensó que ella al final tenía razón.
De manera que en la siguiente oportunidad que
regresó en un barco al mismo puerto de Santo Domingo, no se metió en el bar.
Sentía que hacerle caso a las palabras de esa clarividente, era ir en la misma
corriente de un buen destino. Se sentó en la playa, como en aquella ocasión,
pensando que de pronto proveniente del pasado iba a aparecer esa mujer de caderas
enormes preguntándole que hacía allí. Las olas llegaban sucesivamente a él, sin
traerle nada nuevo. Nadie pasó por allí en un rato, a diferencia de un muchacho
que caminaba despacio por la playa, viendo como si fuera un extraterrestre a
ese negro marinero, como hacían siempre los niños con los musculosos y míticos hombres
que se bajaban de los barcos a descansar. Chema el Marinero vio el interés del
niño, y aprovechando eso se le ocurrió preguntarle por una blanca mujer de
caderas enormes, que alguna vez en la mañana caminó por allí.
-Viene más tarde.
-¿Quién? –preguntó Chema el Marinero,
asombrado.
-La blanca mujer de caderas enormes –dijo el
muchacho-. Todas las tardes viene a recoger el pescado fresco, que traen en las
canoas.
En su vida, a Chema el Marinero no se le
había ocurrido eso. Después de buscarla por los puertos del Caribe, de haber
estado en todos los bares, escuchado los mejores merengues, bailado desnudo en
una pista para complacer a los demás espectadores, haciendo el amor con las
mujeres más negras para perder por siempre el encanto de las blancas, fumando
marihuana para cambiar su naturaleza, queriendo incluso morirse para olvidarse al
fin de ella, sólo hasta ahora era consciente de que esa mujer podía ser alguien
de vida normal. En realidad, la blanca mujer que vio en la playa era una más de
la ciudad. Entonces le preguntó al muchacho por el paradero de ella, y éste le
respondió que todavía estaba en el mercado vendiendo pescado.
Se levantó corriendo, y se dirigió rápido al
mercado público de Santo Domingo. Entonces en el lugar cercano al puesto de
verduras, vio en una de las mesas a una mujer que no vendía su carne sino la de
los pescados. Al verlo llegar ella en seguida lo reconoció, sonriente, complacida,
como recriminándolo en juego por todo el tiempo que se había demorado para
aparecer nuevamente en su vida, desde que él le dijo que era el único marino bohemio
que no entraba en los bares. Al verlo, se dio cuenta de que la realidad era diferente,
por sus músculos y tatuajes subliminales que lo hacían parecer pariente cercano
del Diablo, pero desde entonces había pensando tanto en él que lo vio con la
misma familiaridad con que veía a la gente que le compraba mojarra. Chema el
Marinero se acercó a ella, delante de la multitud que la rodeaba, y la abrazó
de una forma natural que nadie tuvo dudas de que fuera su marido. En realidad,
era como si desde siempre ella también lo hubiera estado esperando por el amor transparente
que en ese instante sintió. Le respondió fácilmente, besándolo cuando él la
besó, muy alegre y feliz, como dándole a entender que sólo a su lado podía ir a
cualquier lugar del hemisferio.
Cuando estuvo seguro de que ella lo
acompañaría, se la llevó días después a Cartagena donde estaba esperanzado en
vivir como simple pescador para no alejarse más nunca de la tierra. A bordo del
barco no la tocó siquiera, porque ella estaba tan admirada con las historias fantásticas
e inverosímiles que él le contaba sobre la manera persistente como la buscó en algunos
lugares oscuros del mar Caribe, que eso fue más interesante que hacer el amor. En
realidad, entre ellos había mucho ardor por compartir durante la larga vida que
les quedaba. Al llegar al puerto de Cartagena de Indias, donde abundaban los
navíos y los montacargas se movían de un lado a otro, Chema el Marinero la miró
como siempre, sonriente, completamente enamorado de ella. Sólo que más tarde en
la ciudad, cuando vio la playa, las olas encrespadas que llegaban a la orilla como
si sí tuvieran que ver algo con su vida, recordó que era la primera vez que
volvía a su tierra desde que se había marchado en un barco. Sin poder creerlo,
algo grande en su alma sucedió, se hizo la luz, tuvo un instante de revelación,
porque sólo a partir de entonces se dio cuenta de que la dominicana que estaba
con él era la mujer más bella del mundo. Fue una emoción tan extraña, fugaz e
incomprensible, que incluso le
pareció que todo ese tiempo que había pasado desde que le pidió el deseo al
Universo sólo había transcurrido hacía poco.
La primera casa sola que encontró en el
barrio de siempre, fue suficiente para que Chema el Marinero descansara por
completo como si hubiera regresado de un solo y largo viaje. Desde que estuvo
con Ana bajo techo, se sintió más seguro y feliz estando en tierra firme que en
el destino incierto del mar. Con más familiaridad le habló sobre su vida, lo
que le había motivado a adentrarse sin experiencia en el mar, a bordo de un
barco que lo montó, diciéndole además que ella era la mujer que siempre había
querido, y que la naturaleza enigmática inexplicablemente le había dado después
de haberla deseado sin conocerla. En el cuarto, donde estuvieron solos, la hizo
quitarse la ropa con delicadeza, elegancia y soltura, y por primera vez vio una
hermosa desnudez que había imaginado tantas veces sirviendo con amor para él,
que en esos momentos cuando le tocaba las grandes caderas con ardiente desespero
ella se dejaba muy tranquila como si también se acordara de eso. Se precipitó en
seguida a acariciarle las sabrosas
nalgas, sabiendo que eran sólo suyas, las únicas gigantes que no iba a compartir con nadie, se
acostaron con grandeza en la cama, sin echarse las sábanas, sin aguantar más, introduciéndose
dentro de su carne en un acto sagrado, y perdieron
por completo los sentidos en una pasión que producía lava volcánica. Era el
amor que más provocaba ver, el que siempre quiso tener, siendo como la delicia
de la leche de cabra, como el mismo pastel, y todo el placer estiraba la luna
de miel, mientras él sentía que los sueños con tenerlos en una sola ocasión se
pueden hacer realidad.
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