Adaníes
Díaz, treintaiún años después
Por
Juan Carlos Herrera
En su corta carrera de vida musical, alcanzó
a escribir una página importante en la historia del vallenato. Basta con
escuchar su voz, su garganta pulida, para que en seguida nos venga a la memoria
la imagen estelar de Adaníes Díaz. Fue un personaje carismático y risueño que
tuvo buenos amigos, que organizó grandes parrandas abiertas a los curiosos, y
su cariñosa amistad con Carlos Rojas mereció una canción. En cada toque de su
conjunto sabía meterse el público al bolsillo antes que la plata, y con su aspiración
y fortaleza espiritual al lado de Héctor Zuleta estaba abriéndose paso entre
los más grandes. Las personas que saben lo suficiente de canto, reconocen que
sin tanta fama lo alcanzó.
La vida de este hombre comenzó en Lagunita,
un diminuto corregimiento de Barrancas. Sus padres eran Luis Guillermo Díaz
Ospino –primo del compositor de Hatonuevo, el ciego Leandro Díaz- y Herminia
Brito Bolívar, los cuales lo criaron en medio de unos hermanos con quienes supo
descubrir rápido ese mundo que giraba alrededor del campo. La mayor parte del
tiempo la pasaba en Alto Pino, la finca de su padre. Es fácil imaginar cómo
fueron esos primeros años del joven Adaníes Amador Díaz Brito, libre en medio
de la naturaleza, ilusionado con la guitarra. Al igual que algunos
contemporáneos suyos que se darían a conocer en el folclor, también comprendió
que en medio de las montañas y el contorno silvestre, cerca de los potreros, se
aprende a cantar mejor.
Estudió parte de la primaria en Barrancas,
pero se vino a temprana edad para Riohacha. Esta era una ciudad llena de
historias, de bancos de perlas olvidadas en el mar, pero seguramente lo primero
que notó era que se trataba de una comarca donde apenas se podía respirar ante
la arena levantada por la brisa, cuando se bajó a donde una hermana mayor. En
este lugar donde también estaría cerca de su sobrino el buen compositor
Romualdo Brito, continuó con los estudios. Terminó el bachillerato en el Liceo
Almirante Padilla.
Adaníes Díaz fue maestro en el caserío de
Las Casitas, algo que muy pocos seguidores saben. Luego estuvo trabajando en la
zona de carretera, como ayudante de almacén. Es interesante recrear la
atmósfera de cómo debieron ser sus primeros años de vida, algo difíciles,
arduos en él, pasando el material para que los obreros avanzaran en el proyecto
de asfalto.
En esa época, ya se había dado a conocer en
el canto, el cual junto con la guitarra se constituían en la única luz que
iluminaba su vida. Al lado de su primo Darío Díaz, compartían parrandas,
serenatas, tocaban en la caseta El Toro Sentao en las frías noches de carnaval,
ubicada en la calle doce con carrera once.
En una ocasión, Adaníes Díaz llegó a una
oficina de la Administración de Impuestos. Llegaba buscando a Indalecio Bruzón
López, jefe de auditoría, para cobrarle un toque que le había hecho. En esos
momentos, tuvo el placer de conocer a quien sería la mujer de su vida: Claribel
Ortiz. Era una hermosa muchacha, de piel trigueña y anchas caderas, que
trabajaba como mecanógrafa en un rincón aparte. Su mirada miope resplandeció
tanto al verla, que a Indalecio Bruzón no le quedó más alternativa que
presentársela.
No esperó mucho para visitarla en su casa,
situada en la calle diecisiete. Ella se llenó de asombro al verlo aparecer en
la terraza, porque no pensaba que aquel joven que vivía cerca de ella, fuera
tan rápido con la galantería. Para él la vida había cambiando desde que la
conoció, y ahora su esperanza no estaba en surgir con el canto sino en la
conquista inmediata de esa pasión. Era feliz visitándola por las tardes,
impresionándola con la dentadura perfecta al sonreír y con sus actitudes de
artista en la guitarra. Un día en que se dio cuenta de que Claribel estaba sola
en la casa, Adaníes Díaz tuvo una inspiración para derrotar el miedo. Se antojó
de un vaso de agua fría, momento que aprovechó para seguir en silencio a la
mujer que estaba desprevenida en la cocina abriendo la nevera, y darle el
primer beso de amor.
Fue un noviazgo corto, típico de la época.
Adaníes Díaz quería matrimonio, y ella no tuvo más opción que darle el sí que
los uniría hasta la muerte. La boda se celebró en la Catedral Nuestra Señora de
los Remedios, el 22 de diciembre de 1973. Eran las siete de la noche, cuando
apareció sonriente la novia dentro de la iglesia. El hombre que delante de los
asistentes recibía en el altar a la mujer que sería su esposa, no era ése de
tamaño corpulento y voz hercúlea que pasaría así a la historia musical, sino
apenas un hombrecito flaquito que lucía anteojos y parecía un loquito de la felicidad
por ser ya familia de su mujer.
De otro lado, en el la parte musical Adaníes
Díaz comenzaba a aspirar cada vez más: Numa Bateman sería una de las primeras
personas en llevarlo a un estudio. En el año 1974 grabaron una canción, en
homenaje a Santa Marta, donde sirvió como guacharaquero y corista, mientras
Bateman tocaban el acordeón y cantaba a la vez, al mejor estilo de los antiguos
juglares.
Pocos años después, al lado de Darío Díaz
grabó un nuevo sencillo, y en esta ocasión por primera vez Adaníes Díaz
participó como solista principal.
En la parte laboral, el muchacho cantante se
ganaba la vida. Tenía un empleo en Salud Pública, lo que es hoy Desalud en la
calle doce. Hay que recordar que también estuvo en Bogotá, haciendo un curso de
seis meses en salud. Es bueno pensar cómo fueron aquellos meses de frío en la
capital para el joven Adaníes, en medio de la sabana, rodeado de cachacos, algo
que le sirvió para contagiarse un poco de aquella ciudad donde estaban los
estudios de grabación y las principales casas disqueras, como la CBS donde
grababa Poncho Zuleta. De regreso a Riohacha, estuvo en aquel trabajo por unos
años y cantaba durante los fines de semana.
Ender
Alvarado era un muchacho nacido en La Punta. Con su acordeón, había pertenecido
a un grupo conocido como Los Alegres Punteros, porque sus integrantes amateurs
pertenecían a su mismo pueblo. Al conocerlo personalmente, Adaníes Díaz se
convirtió en su gran amigo. De inmediato, se sumó al conjunto, dándole más
fuerza con su alta voz. En varias ocasiones hicieron memorables parrandas, que
duraban hasta el amanecer. En el conjunto, estaban Toby Murgas y Romualdo Brito
como coristas, Rogelio Alvarado en la caja, y El Pali Gámez en la batería.
La oportunidad de su vida, sucedió a
mediados de los años setenta en una Fiesta del Dividivi. En aquel tiempo, esta
se celebraba en el parque Almirante Padilla. El conocido periodista Lenín Bueno
Suárez y Edgar Ferrucho Padilla, aprovecharon el evento para organizar un
concurso de acordeón. Como jurado estaba nada más y nada menos que Ismael
Rudas, un singular acordeonero de Santa Marta popular por haber hecho hermosas
melodías al lado de Daniel Celedón. La competencia fue ganada por Ender
Alvarado, que comenzaba a tocar como una centella con su impecable rugido. A la
vez, Ismael Rudas sintió admiración por aquella garganta del otro mundo que lo
acompañaba, como nunca se había escuchado en la desértica región de Francisco
el Hombre.
De esa manera, se llevó a cabo la unión de
Ismael Rudas con Adaníes Díaz, introduciendo a éste al ámbito profesional con
la empresa Codiscos de Medellín. Para Adaníes era lo más grande que le había
pasado en la tierra después del nacimiento de su primera hija, la hermosa Joyce
Galena. El primer larga duración se llamó De
competencia, como avisando a los oriundos de San Juan del Cesar, La Junta,
Villanueva, La Paz, Valledupar y Becerril, que alguien como él de Lagunita
también se sumaba a la competencia. El segundo trabajo musical se llamó Violento, donde está la canción Borracho. Este tema pegajoso gustó de
inmediato, y le tocó viajar a los pueblos cercanos en compañía de Ismael Rudas,
satisfaciendo al público encantado de conocerlo. Según los expertos que oyeron
bien su tercer disco titulado Como
siempre, en esos días la voz de Adaníes Díaz se escuchaba por encima de uno
de los mejores acordeones de la época.
Las amistades comenzaron a lloverle, sobre
todo la de los artistas famosos. Era posible ver en la terraza de su casa en la
calle diecisiete, a cantantes de moda en el género vallenato como Jorge Oñate,
Los Hermanos Zuleta y Rafael Orozco, que parecían unos habitantes más de la
arenosa Riohacha en la bonanza marimbera. También se hacían presentes Toby
Murgas y Ender Alvarado, el acordeonero puntero con quien a pesar de tocar cada
quien por su propio lado fortalecía más la amistad. El mismo Diomedes Díaz
aparecía de vez en cuando, porque además de la música los unía el vínculo
sanguíneo por pertenecer ambos a los mismos Díaz de la Provincia. Este
inteligente muchacho de La Junta, que
desde que comenzó a cantar se bañó de fama, delante de Adaníes Díaz era un buen
admirador. «Yo te tengo miedo a ti», le decía a menudo en juego. Entonces Adaníes
Díaz, con una sencillez que superaba a su manejo de la vocalización, le
respondía:
-Hombre, primo, deje de pendejada.
Se dice que antes de grabar su primer LP,
Adaníes Díaz había puesto los ojos en un jovencito blanco y de cejas
encontradas. Desde muchacho era gran admirador de Poncho Zuleta, considerándolo
con el alma su principal maestro en el arte de cantar. Quizás por esa razón
siguiendo el buen trabajo de Poncho y
Emilianito, quería meterse en la dinastía Zuleta a través del hermano menor.
Héctor Zuleta era un adolescente, que apenas descubría las mejores técnicas
armoniosas, por lo que a Adaníes le tocó dejarlo crecer, con la misma paciencia
que algunos hombres tienen con las novias a las que esperan ver florecer para
llevar a cabo el matrimonio. Simultáneamente, tocaba entusiasmado con Ismael
Rudas y seguía madurante como cantante de profunda voz.
En el año de 1979, ya estaban unidos como
una organización. Se cree que Poncho Zuleta no estaba de acuerdo en el momento
de la grabación con la disquera Philips en Bogotá, porque todavía consideraba a
Héctor Zuleta su hermanito. Pero éste ejecutaba muy bien el acordeón, como sólo
saben hacerlo los genios. La historia le daría la razón a Héctor.
Sensacionales
fue el álbum que los llevó a la fama grande, que los introdujo en la sintonía
de los artistas más escuchados. El tema Estrella
fugaz, barrió con las demás melodías de los diferentes cantantes que
estaban de moda. En todas partes eran requeridos para que tocaran El cobarde del pueblo y Mi tierra y mis canciones -dedicada
especialmente a su bella esposa Claribel-, y nadie daba para acertar quién era
mejor cantando o tocando el acordeón. En la mirada de Adaníes Díaz se observaba
felicidad al haber inaugurado esas nuevas canciones, porque estaba seguro de
que Héctor Zuleta era el músico que más sabía alcanzar con su velocidad del
teclado la revolución sonora de su voz.
El segundo álbum se llamó Pico y espuela, y resultó ser más para
la gallera que para el baile de caseta. A parte de la canción que da nombre al
disco, está el hermoso tema Problema tuyo,
en cuyo coro Adaníes sube el volumen de su voz con la misma facilidad de un
equipo de sonido moderno. El aviso es
una canción clásica, bella y romántica, que pone en prueba clara que ya se estaba
asomando en el panorama el verdadero monstruo del vallenato. Su nombre era
Adaníes Díaz.
En el año de 1982, ya tenían listo el
trabajo que marcaría el boom de la
pareja. Para los gustosos seguidores de estos dos nuevos talentos, el nombre
del álbum Nuevamente los sensacionales
no decía nada ni dejaba entrever siquiera el estupendo impacto que causaría uno
de los temas. Marianita fue una
canción que en seguida se apoderó de los oyentes, de los amantes de la música
vallenata, batiendo récord en las distintas emisoras del país, siendo de la
autoría de Juan Segundo Lagos. Es una letra de amor que comienza en una
cantina, donde alguien lleno de desengaño cuenta la historia de una infiel
mujer que al final ha sido culpable de que un hombre esté en el cementerio y
otro en prisión. Las ondas hertzianas llegaron lo más lejos posible, hasta el
interior del país y más allá de la frontera con Venezuela, gracias a la
poderosa voz de Adaníes Díaz que supo interpretarla como nadie. La canción lo
subió a la inmortalidad, convirtiéndose rápidamente en el himno de su carrera
musical.
Adaníes Díaz estaba despegando con más
fuerza, y nadie podía frenar su fuerte ambición. El timbre explosivo que la
naturaleza le había concedido, que con esfuerzo y trabajo constante había
desarrollado, sonaba más duro que todos juntos. Era él la persona encargada de
llevar el vallenato clásico hasta su mejor dimensión, con ese estilo admirable
que había comenzado a poner en alerta los oídos de las personas que solamente
se aferraban a El Binomio de Oro y a un muchacho llamado Diomedes. En el
pentagrama musical –y no en el fanatismo provinciano que ciega la vista y
ensordece los tímpanos-, ya quedaba registrado quién era el más grande de los
cantantes vallenatos.
Héctor Zuleta tocada cada vez mejor su
instrumento, y otras estrellas comenzaron a encandilarlo. Se alcanzó a rumorar
que el mismo Diomedes Díaz pretendía tenerlo atraerlo su lado, para contagiarse
de su sabiduría musical que heredó magistralmente de El Viejo Mile. Adaníes Díaz, en vista de sus ratos de ausencia en
Riohacha, tocaba en parrandas al lado de Alvarito López, otro joven acordeonero
de respetado linaje. En unas partes alcanzaron a presentarse, causando
admiración por estar con alguien que pertenecía a la excelente rama de los
hermanos López. En ningún momento alcanzaron a grabar, y además en esos días
sucedería algo inesperado que cambiaría el rumbo de esta dramática historia.
La noticia de que Héctor Zuleta había
muerto, entristeció el vallenato por unas semanas, y en todas partes sólo se
escuchaba su acordeón gracias a la tecnología magnetofónica. En Valledupar, se
sentía la honda tristeza por haber perdido al que los maestros especialistas
consideraban el mejor de los Zuleta. Fue un funeral desplegado a lo grande, al
que no pudo faltar su compañero de armas Adaníes Díaz. Estuvo presente en las
honras fúnebres, lloró con desgarro, sintiendo el mismo vacío en el corazón que
debieron sentir Emiliano Zuleta Baquero y la vieja Carmen Díaz. También estuvo
al lado de Poncho y Emilianito Zuleta, que delante de la gente no dejaban de
llorar. El entierro lo dejó muy triste, golpeado, seriamente acongojado: por
primera vez una cuestión de peso exterior había acallado su voz.
En Riohacha, la vida de Adaníes Díaz no
parecía tener sentido. Sólo la compañía de su mujer y sus hijos Joyce Galena,
Adaníes de Jesús, Joismar Galeana y Luis Guillermo, llenaban ese vacío. Cada
vez que tenía oportunidad se acordaba en la charla del buen compañero que había
sido Héctor Zuleta, de las veces que practicaron en la sala de su casa en el
barrio Guapuna que dejaron anécdotas, de la falta que le hacía su fantástico
acordeón para haber realizado ese cuarto trabajo musical con el que aspiraban
dejar atrás a los más duros rivales. Nunca se imaginó ni pretendió que la única
manera de volver a hacerle compañía a Héctor Zuleta, era encontrándose con él
en el cielo.
Ese 9 de febrero de 1983 en que llegó de la
calle para decirle a su mujer que había que viajar al pueblo, no era para él.
Tanta insistencia de su parte obligó a Claribel a acompañarlo, porque no había
poder humano que lo aguantara. Se embarcaron en el carro con los hijos, rumbo a
los lados del sur de La Guajira. En el camino, antes de salir del perímetro
urbano, su mujer volvió a insistirle en que no viajaran. Según dijo, presentía
algo oscuro en el pecho. Pero Adaníes Díaz, con una mirada brillante que no era
la suya, insistió en que sí viajaban y siguió manejando en la carretera que
lleva vía a Valledupar.
Después de la diligencia que necesitaba
hacer, entraron en la finca. En esta, se encontraron con su querida madre,
Herminia Brito. La señora, como siempre, se puso feliz con los nietos. A tal
extremo, que al ver que su hijo famoso regresaba a Riohacha, también quiso
acompañarlos en el carro.
Se marcharon entonces, como de rutina. Al
pasar por Barrancas se detuvieron un rato en este pueblo, porque había un
velorio en una de las casas. Después de saludar a una gente que lo reconoció,
Adaníes volvió a arrancar en la camioneta. No tenía la menor idea de que
también él se estaba despidiendo de la tierra que lo vio nacer.
En el camino de regreso, nada hacía pensar
que la aguja del reloj había entrado en la
mala hora. Adaníes Díaz manejaba con normalidad aquella Ranger azul que
había negociado con su amigo Gervasio Valdeblánquez, porque era conocido que
era un gran conductor. Se veía algo resplandecido, esperanzado, queriendo
terminar de grabar lo más pronto con Bolañito, el acordeonero que sería su
nueva fórmula. De modo que viajaba contento en la carretera, teniendo al lado a
su familia. Joismar Galeana, su bonita niña de cuatro años, venía detrás de él
tomándolo por la espalda, como sucedía a ratos cada vez que Adaníes manejaba.
Los demás pasajeros venían sentados, tranquilos, esperando llegar temprano a
Riohacha, entre ellos el joven Adaníes de Jesús, que a los cinco años sería
testigo de todo. Delante de la ventana delantera, de pronto esperaba una pila
de asfalto. Nadie sabe qué aconteció, ni si Adaníes Díaz distinguió esa pila
que se cruzaba en el paso o si con algo de agilidad en el manubrio trató de
esquivarla. La camioneta dio varios votes a un lado del camino, apagando por
siempre esa grandiosa voz y la llama de un amor familiar que era admiración de
los demás ciudadanos.
Su muerte conmocionó a todos, que en seguida
corrieron al hospital Nuestra Señora de los Remedios. En la terraza de este
lugar situado en Riohacha, no cabía la gente que estaba presente por la
lamentable cuestión. En seguida se supo que no había nada que hacer al
respecto, porque Adaníes Díaz estaba muerto. También se supo que una de las
hijas estaba sin vida al igual que su abuela Herminia, mientras Claribel era
llevada en estado crítico a Barranquilla. Varios amigos cercanos y los
fanáticos tristes, al enterarse de que el cantante había llegado muerto al
hospital, no tuvieron más consuelo que volver a sus casas y encender el
tocadiscos antes de bañarse, cambiarse e ir al velorio, para sentirlo en
espíritu vivo a través de su canto. Era imposible de creer, que hubiera
terminado así el mejor amigo de los hombres que hubo en esos irrepetibles años.
El funeral se llevó a cabo en la calle
catorce, en una carrera al lado de donde está el colegio Enrique Lallemand. La
cantidad de gente que estuvo presente, dejó en claro que la humanidad entera
lloraba por la pérdida de un gran hombre que los riohacheros consideraban más
riohachero que ellos mismos. Estuvieron en el velorio todos los cantantes de la
música vallenata, para darle el último adiós. Era de esperarse, debido al gran
aporte que le había dado el difunto a la música nuestra. Entre los parientes y
presentes dolidos sin ánimos para respirar, se preguntaban qué había hecho
Adaníes Díaz para mecerse algo así. El ataúd estaba en la sala, centro de toda
la atención impresionante. A la hora de sacarlo a la calle, necesitó de muchas
manos debido al peso descomunal de su cuerpo. Fue uno de los entierros más
grandes en la historia de Riohacha.
Los años han pasado, y su canto se sigue
escuchando sin sufrir alteración. Las notas de Héctor Zuleta acompañándolo en
la inolvidable melodía, sirven de consuelo para decir que Adaníes Díaz grabó al
lado del acordeonero con más futuro del folclor. En Riohacha, sus canciones se
resisten al paso del tiempo, no terminan de escucharse para nada. Incluso hoy
en día, cuando está tan de moda la nueva
ola de Peter Manjarrés, Silvestre Dangond, Luifer Cuello, Kaleth Morales y
Felipe Peláez, suenan con frecuencia en la radio. Ojalá algún día su obra
completa se pueda remasterizar, con nuevo sonido y una extraordinaria campaña
de publicidad, y se le haga un lanzamiento a nivel nacional e internacional
para que nuevamente se ponga de moda.
Como ya se hecho con unos hombres que han
pasado a la historia universal, el nombre de Adaníes Díaz se debería volver
institucional en nuestra región. En Lagunita tendrían que hacerle una estatua en
su honor a raíz de los veinticinco años de su muerte, para que las nuevas
generaciones sepan quién fue el héroe de bronce. No debe olvidarse que se trató
de uno de los más excelentes hombres que ha tenido Riohacha, el cual alguna vez
tuvo un sueño de mil colores como tantos músicos anónimos en estas calles de
arena. Desde aquí levantó su fama local, transformándose en un ejemplo de
superación para la toda eternidad. Sería una buena idea hacerle un homenaje con
algo que llevara su nombre, si se pudiera mejor ahí mismo donde fue velado:
Escuela de Canto Adaníes Díaz. Entonces a través de los alumnos que lleguen,
perduraría más su estilo.